NI EL TRIUNVIRATO, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez
Cuando me dispongo a escribir, hace un día lluvioso, frío y muy desagradable a cuenta del aire que corre. Y para que no falte de nada, además es martes y trece, lo que me lleva a pensar que si a esto le añado al escrito, una ración del triunvirato reinante, Trump, Putin o Xi Jinping, sería, nunca mejor dicho, hacer llover sobre mojado.
Mi pensamiento, huyendo de dichos avatares se va hacia el recuerdo de un día bonito, vivido en nuestra sierra de Francia.
Y ciertamente, ahora que recupero en mi memoria las imágenes de aquel bello paseo, me siento como mejor. Aunque era invierno, hacía un sol tibio, el suficiente para ir disfrutando al caminar. Si a esto le sumamos las estampas paisajísticas llenas de belleza, pues como que fue un día redondo.
Al fondo estaba la Sierra de Béjar toda nevada, brillando sobre las nubes que se habían acostado en los valles. La Peña de Francia estaba visible, unos ratos sí, y otros no, por las débiles nubes que iban y venían haciendo de ellas un escenario entre visillos. La pista, acompañada de canchales con paredes de verdes peñas, en las que las cabras paseaban pacíficamente, sin inmutarse ante mi presencia. ¿Habrán aprendido a distinguir a un montañero de un cazador?
Según avanzo caminando, una de las nubes del valle, se ha elevado, queriendo ser ella montaña, pues su forma es idéntica a éstas, y sus raíces están en el suelo del valle. Lo consigue, dándole con ellos un bello espectáculo al entorno. Cómo es lógico, según camino, ésta, va cambiando de formas, y con ello haciendo del paseo, un constante cambio de escenario. Después y ya con la peña a mis espaldas, sentado en el principio de un inclinado cortafuegos, que ya me lleva casi directo al coche, me dispongo a comer, mientras repaso todos los momentos bellos y relajantes vividos en la caminata. Cuando de repente un jabalí tan negro como el carbón, atraviesa el cortafuegos, calmoso, mientras me observa. Seguidamente aparecen otros dos más pequeños, y luego otro mayor, que bien pudiera ser la madre. Me miran, lo hacen sin premura. ¿Distinguirán, al igual que las cabras, a un cazador de un andarín? Parece por su actitud que sí.
Después de comer, regreso al coche, pensando en el buen día vivido, fuera del mundanal ruido, y sin saber, ver, ni oír del triunvirato reinante en el mundo, ni de la psicopatología colectiva de un occidente entero pasmado ante su propia crisis. Lo cual es un valor añadido a la fiesta que han sido los paisajes disfrutados, y la cual ya no me la roban ni el triunvirato.






