Después
de un largo período de silencio editorial, Santiago Corchete vuelve al
escenario literario con un poemario sorprendente, De niebla y luz, que
deja constancia que durante estos últimos años, aunque alejado del
ceremonial social, ha seguido escribiendo de forma ininterrumpida. El
libro ha surgido a partir de una ardua selección de versos, que han sido
espigados entre los numerosos cuadernos del autor, todos inéditos, que
han sido escritos con una regularidad tal que podrían ser considerados
como un diario espiritual, conformado por cientos y cientos de poemas
que en el futuro podrían alimentar otros poemarios tan dignos como el
presente.
Si desde el principio de su trayectoria, allá por los años
ochenta, Corchete asentó su ars poética sobre tres pilares
fundamentales: la luz, la mujer y la palabra (en una especie de
triángulo equilátero en el que los elementos se relacionan de forma
concéntrica). De niebla y luz va a descansar sobre la primera de estas
imágenes, sobre esa luz de resonancias bíblicas, que evocan el “hízose
la luz”, hízose la vida, como ámbito de la existencia, plagado de
evidentes connotaciones creadoras.
Pues bien, sobre el recorrido de
la luz (en una especie de iter lucis) se construye el poemario; la luz
como metáfora del recorrido que traza el devenir del ser humano, de sus
estados de ánimo, del sinfín de emociones que circulan desde la
exaltación por la vida a la estupefacción que produce el hecho de no
tener otro destino que la aniquilación total. Es, por tanto, una lírica
de fuerte carácter filosófico, de mucho peso conceptual, hermética en
gran medida para un lector no iniciado, pues se sirve de la poesía como
instrumento insuperable en el intento de expresar lo inefable.
Y con
este propósito organiza la arquitectura ateniéndose a los diferentes
momentos que proporciona el desplazamiento de la luz a lo largo de un
día completo, de 24 horas, desde la inauguración del claror hasta su
confusión con las sombras. De ahí que el texto -con un sentido muy
desarrollado de la estructura- se divida en unas secciones que son
sucesivas entre sí: prefacio, albeando, plenitud, descendimiento,
anocheciendo, epílogo ya adenda, en un ciclo de retorno eterno para el
universo pero no para el hombre.
Diferentes secciones en cuanto a la estructura general, pero idénticas en cuanto a la conformación métrica, lo que seguramente constituye lo más llamativo y lo más
original del proyecto. Se trata de una entidad nueva de doce versos, que componen lo que el autor ha llamado “docenarios”; un molde que ha creado y cultivado con intensidad y prolijidad en los últimos años, como si este innovador orden estrófico viniese a dar forma definitiva, a culminar su prolongada labor de escritura; en la que, insistimos, ha llegado a la emoción pero a través de la razón, de una radical actitud intelectual.
Y precisamente de esta disposición racional ante la creación poética, ha surgido este punto de inflexión que son los docenarios; nacidos como un desafío y como un homenaje al soneto. Santiago Corchete se ha impuesto, ante todo, el desafío de escribir conforme a su tiempo, conforme a las exigencias del siglo XXI. Y aunque en ocasiones ya demostrara su dominio de la métrica clásica, ahora se lanza a la construcción de un poema más concentrado aún que el soneto, no ya de catorce sino de doce versos, sin rima; si bien con predominio del endecasílabo y del heptasílabo.
Diferentes secciones en cuanto a la estructura general, pero idénticas en cuanto a la conformación métrica, lo que seguramente constituye lo más llamativo y lo más
original del proyecto. Se trata de una entidad nueva de doce versos, que componen lo que el autor ha llamado “docenarios”; un molde que ha creado y cultivado con intensidad y prolijidad en los últimos años, como si este innovador orden estrófico viniese a dar forma definitiva, a culminar su prolongada labor de escritura; en la que, insistimos, ha llegado a la emoción pero a través de la razón, de una radical actitud intelectual.
Y precisamente de esta disposición racional ante la creación poética, ha surgido este punto de inflexión que son los docenarios; nacidos como un desafío y como un homenaje al soneto. Santiago Corchete se ha impuesto, ante todo, el desafío de escribir conforme a su tiempo, conforme a las exigencias del siglo XXI. Y aunque en ocasiones ya demostrara su dominio de la métrica clásica, ahora se lanza a la construcción de un poema más concentrado aún que el soneto, no ya de catorce sino de doce versos, sin rima; si bien con predominio del endecasílabo y del heptasílabo.
Pretende
así dar cabida a una poesía de enorme carga conceptual, concentrada al
máximo, en un poema con una extensión, no obstante, perfecta para
desarrollar a la vez, con hondura y brevedad, una idea, en una línea del
conceptismo que podríamos considerar contemporánea, propia de la
modernidad. El lector observará la multitud de variaciones
combinatorias, de estrofas o semiestrofas que permiten los docenarios,
sobre todo en comparación con el soneto, siempre idéntico a sí mismo
(con sus cuartetos introductorios y sus tercetos conclusivos). Una gama
de disposiciones tan diferentes que abre un sin fin de posibilidades no
solo estructurales sino también rítmicas y semánticas (a la hora de
disponer temas, motivos, subtemas).
Nos hallamos, pues, ante una obra
que bien puede representar la espléndida culminación (al menos hasta el
momento) de una magnífica trayectoria, coherente, fiel a si misma, que
-si bien con diferentes voces- siempre anda a la búsqueda de la fórmula
que con más precisión exprese su mensaje. Si en la primera etapa de su
quehacer Santiago Corchete se había asomado a la realidad exterior;
ahora se ha vuelto hacia su paisaje interior, contemplado ya desde la
perspectiva de altura que le concede la vida, en un empeño por pergeñar
una nueva forma de concebir lo poético, acorde con su tiempo y su
estética.
