DEFENDER LA PAZ, por José Luis Puerto
Hay una hermosa melodía de Pete Seeger (“If I Had A Hammer”) que, entre nosotros, en castellano, popularizó, con su voz tan maravillosa, Víctor Jara, que expresa un triple deseo –la sucesiva posesión de un martillo, de una canción, de una campana–, como herramientas para defender la paz.
“Alerta el peligro, / debemos unirnos / para defender / la paz.”
Sí. Todas las herramientas son pocas –y las hay muy hermosas, como la campana o la canción–, para que funcionen en este tiempo tan sombrío como talismanes para defender la paz.
Porque, inexplicablemente, hemos terminado desembocando, tras un dilatadísimo tiempo de paz en Europa (aunque no puede decirse que del mundo) desde la Segunda Guerra Mundial, en una deriva marcada por la barbarie, por la imposición de la ley del más fuerte y de los sin escrúpulos y de los que no respetan en absoluto la vida humana y el derecho de los pueblos a su soberanía…, hemos desembocado en un tiempo en el que la barbarie se está subiendo sobre las espaldas de la humanidad.
Y, hoy, se hace absolutamente necesario, y con la mayor urgencia, clamar contra la guerra, contra todas las guerras, contra la violencia, contra los genocidios, contra las matanzas indiscriminadas y ciegas de tantos y tantos inocentes. Y ese clamor se ha de hacer realidad desde este mismo momento, sin esperar a nada.
Y acuden a nosotros esas figuras históricas del pacifismo, como el escritor ruso León Tolstoi, o el indio Mahatma Gandhi, que ideara ese aserto (“No hay camino para la paz, la paz es el camino”) que ha quedado acuñado en la mente de todos los seres de bien de la tierra, sobre cómo la única vía para una convivencia civilizada entre los pueblos es la de la paz, como antídoto frente a esta barbarie de bombardeos y matanzas que han desatado esos líderes irresponsables, poniendo el mundo patas arriba.
Hemos de imaginar la paz, con esa imaginación, marcada por la fraternidad y por el amor que ideara John Lennon en su hermoso himno “Imagine”. Pero hemos de imaginarla de modo activo, sosteniendo la validez, hoy, de los mecanismos de un orden internacional, instaurado tras la segunda guerra mundial y que tiene en la ONU su institución más visible (además de otras varias), que ha alumbrando una muy positiva paz a lo largo de varias décadas.
No puede alguien llegar al poder, por mucho que sea del país más poderoso del mundo, y ponerlo todo patas arriba, como un ególatra caprichoso y arbitrario, guiado meramente por la riqueza, a costa de lo que sea, de crear víctimas a diestro y siniestro (los latinos, los países sudamericanos, los asiáticos con recursos petrolíferos…).
No pueden haber sido en vano todos los mecanismos civilizadores que las comunidades humanas han ido articulando a lo largo de la historia y que tienen resultados tan decisivos como el humanismo, los derechos humanos, la democracia, la convivencia entre los pueblos y las distintas culturas y civilizaciones… y logros por el estilo.
Con todas estas herramientas civilizadoras (esas campanas canciones simbólicas), no puede terminar el último abusón que llega al poder, porque han de ser capaces de trazar un muro –todavía estamos a tiempo– contra esta terrible barbarie.
