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30 octubre 2025

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXXI). QUIÉNES SON LOS ANÓNIMOS REDACTORES DE WIKIPEDIA: EL CASO DE ROBLEDA, por Ángel Iglesias Ovejero

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Ángel Iglesias Ovejero
SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXXI). QUIÉNES SON LOS ANÓNIMOS REDACTORES DE WIKIPEDIA: EL CASO DE ROBLEDA, por Ángel Iglesias Ovejero

El tiempo se nos ha echado encima, y tenemos que regresar a nuestro hogar en Francia, donde tenemos familia, amigos y vecinos apreciados, como en España, pero a no ser con la imaginación, no se puede estar en todas partes ni disfrutar de la caraba natal y foránea al mismo tiempo. Allí echaremos de menos la luz, como le pasaría a Proserpina, cuando se le acababan las vacaciones provechosas que le había asignado Júpiter para estar en el soleado país de su madre (Ceres, diosa de la agricultura), para volver a calentarse en las sombras del inframundo al abrigo de su cascarrabias de marido (Plutón, divinidad justiciera de los muertos, de los tesoros y de los minerales raros, que ahora tiene bastantes devotos por estos rincones serragatinos). No hemos podido atar algunos cabos sueltos vinculados con la limitada repercusión de las meritorias publicaciones del CEM, evocadas hace algunas semanas (v. xxvi y xxvii). A decir verdad, lo que más repercusión tiene suelen ser los estudios locales, por aquello del espíritu de campanario, que, obviamente, despierta un interés generalmente limitado al horizonte de los lugareños. Para el gran público de la aldea mundial, en espera del azaroso remedio de la inteligencia artificial, el recurso más socorrido contra la ignorancia en el mundillo occidental suele ser “la enciclopedia libre” de Wikipedia, por cuyas horcas caudinas (americanizadas) pasamos hasta quienes necesitamos agacharnos con muletas.

La necesidad de la consulta sobre datos que antes andaban dispersos o solo eran accesibles en bibliotecas relativamente bien servidas, me ha llevado a preguntarme sobre la fiabilidad del contenido en dicha enciclopedia, sobre lo cual colegas más avezados me habían prevenido. En mi confiada inocencia, daba por hecho que siendo sus redactores “voluntarios”, estarían enterados de lo que vendían, porque si ofrecen su ciencia sin ánimo de lucro (por amor del arte), no tienen excusa para hacerlo mal por falta de conocimiento o por contar mentiras (“decir lo contrario de lo que uno piensa con intención de engañar”), o sea, sin ética ni estética. Por supuesto, otra cosa sería que lo hicieran por obligación, forzados por la necesidad o la redención de penas injustas, y les pagaran mal o estuvieran mal comidos y tratados. Pues bien, el ejemplo de Robleda me lleva a pensar que este expediente permite salir un poco de la ignorancia total del referente toponímico y quedarse en ayunas, o poco menos, cuando se trata de comprobar la peculiaridad propiamente dicha histórico-cultural, que después del cribado de generalidades, se queda prácticamente en nada.

Para empezar, debemos recordar que, desde hace más de un siglo, autores locales y extraños, entre los cuales me cuento, se han interesado por el pasado relativamente remoto y más reciente de Robleda, para cuya identidad remito a uno de mis artículos en la Historia de Ciudad Rodrigo, publicada por el CEM (vol. III, 507-518: “La marginada trayectoria del habla de El Rebollar”). Ninguno de aquellos estudiosos se menciona explícitamente, aunque han tocado casi todos los palos de la cultura local (historia, lengua, literatura, modos de vida, folclore, vestimenta, arquitectura tradicional, etc.). Por mi parte, casi no debería mostrar mi descontento, pues soy el único aludido implícitamente en una de las referencias del apartado inicial, en 2011 calcado (con entrecomillado) de la web del ayuntamiento de Robleda, copiosamente referenciada, cuando la asociación de “Documentación y Estudio de El Rebollar”, que un servidor presidía, organizaba jornadas culturales en los pueblos rebollanos. Al parecer, a estos redactores se les olvidó poner mi nombre, así como los matices que la cita establece en la referencia histórico-cultural del topónimo en cuestión, y de paso en la nota le asignaron el nº 2 (repetido), cuando debería llevar el nº 1 (Quien puede errar en lo más grave, puede errar en lo demás, de lo cual no se privan los redactores). Allí nombran el Campo de Robledo y El Rebollar, que no son dos “subcomarcas” yuxtapuestas, sino dos topónimos referidos a entidades histórico-culturales, geográficas y administrativas, en relación de compleja interferencia.

La entrada Robleda tiene doce apartados (numerados por cuenta nuestra) de extensión desigual, incluidas las sucintas alusiones (de inspiración turística) sobre Patrimonio (nº 7), Espacio natural protegido de El Rebollar y Los Agadones (nº 9), Referencias en notas (10º), nueve en total, Bibliografía (11º, P. Madoz, único autor) y Enlaces externos (12º), tres. El primero de estos apartados describe la indicada referencia, que inscribe el lugar y su término en la provincia de Salamanca, la comunidad autónoma de Castilla y León y la comarca de Ciudad Rodrigo. La forma del topónimo presenta una variación Robrea, “asturleonesa”, poco usual hoy, cuya elucidación histórica exigiría capítulo aparte. Algunos datos de este apartado (1º) se toman del Instituto Nacional de Estadística (INE), así como los de Geografía (2º), Demografía (4º), cuyo declive se ilustra con un gráfico, y Administración y política (6º), con datos algo obsoletos.

Algunas de estas facetas ya se recogían en el Diccionario geográfico-estadístico-histórico, de Pascual Madoz (1849), de quien se cita la entrada correspondiente al lugar. El apartado de Historia (3º) recuerda, con cierta pertinencia lacónica, la repoblación efectuada por los reyes de León y su asignación a la diócesis de Ciudad Rodrigo en el s. XII, que recoge el segundo volumen de Historia de Salamanca II (1997). Sin embargo, la redacción refleja una pereza considerable para los avatares de períodos anteriores a dicho diccionario, Baja Edad Media, Edad Moderna, guerras napoleónicas en el siglo XIX, y no digamos, las de tiempos posteriores. No habría venido mal echar un vistazo a la Crónica de J. Alonso Pascual, y ya de paso, haber tenido en cuenta nuestra descripción de La represión franquista en el sudoeste de Salamanca (2016), cuyas consecuencias se recuerdan en el monolito dedicado a las víctimas mortales, erigido a la entrada norte por la ASMJ (2007), ignorado por completo. En su intrahistoria, se hace abstracción de los trasiegos con carretas desde la Edad Media, la emigración crónica, acentuada en la segunda mitad del s. XX, después de exilios y éxodos de variada motivación. Muestra de pereza es la reducción del Patrimonio a la existencia de la iglesia (señalada por Madoz, y estudiada por E. Píriz, en 1974), o la escasa acuidad filológica en la elección del blasón, perceptible en el apartado de Símbolos, al dar preferencia a las piñas sobre las bellotas, cuando salta a la vista la primigenia referencia al roble en el topónimo.

En el apartado de cultura, además de las penurias que comprobarán los especialistas locales y comarcales de la narrativa tradicional, el romancero, el cancionero, el folclore musical, etc., se ofrece una torcida información sobre la vitalidad del habla vernácula, manifiesta en la toponimia robledana: “De hecho la localidad de Robleda es la única, en toda la provincia de Salamanca, con los carteles de las calles bilingües, en leonés y en castellano, y tiene señalizados los caminos en la palra d’El Rebollal, lo que hace que, en cierto modo, la variedad local de la lengua leonesa tenga un cierto grado de protección”. Dejado de lado el hecho de que el bilingüismo debería matizarse (los rasgos más arraigados son arcaísmos castellanos en “el leonés oriental”) no es verdad (o no siempre) que las rutas del senderismo y los caminos en general tengan etiquetas vernáculas. La mayoría de ellos no tienen señalización de ningún tipo o está cubierta por la maleza, cuando materialmente no están ubicados a desmano. Tampoco se aclara a qué “cierto modo” y “cierto grado de protección” se trata. Todo esto nos lleva a proponer un par de ejemplos sobre la odonimia y la agronimia, de la cual ya hemos tratado en los cuadernos de PROHEMIO (2012) y en la Revista del CEM (2017), que muestran el expolio que ha sufrido esta faceta del patrimonio lingüístico de Robleda.

19 octubre 2025

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXX): DESCUBRIDORES E INVESTIGADORES DE “LA PIEDRA DE ROBLEDA”, por Ángel Iglesias Ovejero

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXX): DESCUBRIDORES E INVESTIGADORES DE “LA PIEDRA DE ROBLEDA”, por Ángel Iglesias Ovejero - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo

Ángel Iglesias Ovejero
SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXX): DESCUBRIDORES E INVESTIGADORES DE “LA PIEDRA DE ROBLEDA”, por Ángel Iglesias Ovejero

Hace unos días, en una conversación informal, se quejaba un descubridor (aunque puede haber varios) de “la piedra de Robleda” de la falta de reconocimiento por parte de algunos investigadores, que, por así decir, se apuntaron el tanto en exclusiva. Estuve por darle la razón, pero sin duda hay que matizar la naturaleza del hecho, del objeto y de su destino. A primera vista, en el uso habitual de la lengua española, siguiendo el diccionario académico (DLE), el significado de descubrir (‘manifestar’, ‘destapar’, ‘hallar lo que estaba oculto o ignorado’, ‘registrar o alcanzar a ver’, ‘venir en conocimiento de algo que se ignoraba’, ‘quitarse el sombrero, etc.’, ‘darse a conocer una persona’) no se confunde con el de investigar (‘indagar para descubrir algo’, ‘indagar para aclarar la conducta de ciertas personas sospechosas de actuar ilegalmente’, ‘realizar actividades intelectuales y experimentales de modo sistemático con el propósito de aumentar el conocimiento sobre una materia’). En otros usos menos modélicos, la parasinonimia de un verbo interfiere en la del otro. En principio, la actividad del descubridor consiste en el hallazgo de algo novedoso o desconocido, pero ya existente, mientras que la del investigador reside en la búsqueda sistemática de conocimiento para crear o clasificar el saber, mediante recolección, análisis y evaluación. Puede parecer que el descubridor tiene menos mérito, por ser fruto del azar su hallazgo, pero este factor también se da en la investigación, que a veces no llega a ninguna parte y otras descubre lo que no se buscaba, o por no estar al corriente, descubre lo que ya estaba descubierto (inventar la pólvora, descubrir el Mediterráneo). De entrada, en el caso de “la piedra de Robleda” el investigador es tributario del descubridor, como el historiador o el lingüista pueden serlo del informante (cuya aportación, eventualmente, queda reducida por una encuesta demasiado directa o ceñida a lo que ya en parte es sabido).

Los “descubridores” de este monumento monolítico serían, entre otros, algún pastor ocupado cerca de la Majá del Peluju (como Agustín Ovejero Calvo) y transeúntes del Caminu de los Serranus, que bordea por el norte las estribaciones montañosas de la Sierra de Gata y desde el Puerto Nuevo comunica el Valdárrago (Cáceres) con Villasrubias, donde confluía con el camino (y después carretera) que, por el Puerto de Perales, llevaba a Coria, y también recibía el tránsito entre el pueblo de Gata (Cáceres) y Peñaparda (Sal.), por el Puerto de Castilla. En el arreglo del tramo entre la Cruz Mojosa y la Vega la Aldegüela (término de Robleda), una máquina descubrió el casi objeto mágico en el paraje denominado la Choza del Fraili, cerca de un regato, sito en el Pinal de Descargamaría, que en los conflictos administrativos del s. xix había sido asignado a este pueblo extremeño (y por ello las autoridades de dicho pueblo también reclamaron el monumento). Allí lo encontró y recogió Juan Sánchez Calvo, intrigado por los grafismos del “picoteado”. Según su testimonio, avisó a las instancias competentes de la Junta de Castilla y León, en cuyo nombre responsables del Departamento de Arqueología e Historia Antigua de la Universidad de Salamanca y la autoridad museística (hoy.es/20091217/local/caceres-salamanca), quienes el sábado 29 de noviembre de 2009 se presentarían en la plaza de Robleda, con un camión, para el traslado de “la Piedra” al Museo Arqueológico de Salamanca, conforme a la legislación vigente. La comitiva forastera, descontada la hipérbole, fue acogida con similares agasajos a los que recibió el comendador Fernando Gómez de Guzmán en Fuenteovejuna, cuando los vasallos se amotinaron contra él, pero la sangre no llegó al arroyo en esta ocasión. Sin embargo, algunos robledanos que, con el alcalde de la localidad al frente, se oponían a la salida del apreciado hallazgo, acudieron con equipamiento de cazadores, según dicen, y consiguieron evitar el presunto despojo. Dicha autoridad argumentó su decisión con la promesa de un museo de folclore, que difícilmente podría cumplir, pues la biblioteca no funciona, por falta de personal, y los libros, incluidas nuestras donaciones, no se sabe adónde han ido a parar.

Todo esto sucedía cuando nosotros residíamos eventualmente en Robleda, pero ocupados en prestaciones académicas en Barcelona (Universidad Central y Universidad Autónoma), no fuimos testigos de estos avatares. Juan Tomás Muñoz los describe en El Adelanto (04/12/2009). Allí se hace eco de las teorías de los investigadores, especializados en la arqueología, que describen el hallazgo como estela funeraria de la Edad del Bronce en la Península Ibérica (en el ii milenio a. C., aproximadamente). J. I. Martín Benito la identifica con el tipo de “estela extremeña”, pero supone un replanteamiento geográfico, al norte del Sistema Central, aunque con afinidades con las de sur, concretamente con la que existe en San Martín de Trevejo (Carnaval, 2010, 339-342). Ignoramos la semejanza que pueda tener con “la estela de guerrero” hallada en el citado pueblo cacereño de Descargamaría, lo que prueba la densidad de vestigios prehistóricos de aquella edad remota en estos lugares serragatinos, pues, sin ir más lejos, el médico y erudito (además de amigo nuestro) Julio Rodríguez-Calvarro encontró “el ídolo diademado” (en 1973), oculto en El Bardal, ubicado en el comarcano Robledillo de Gata (https://eltrapezio.eu/es/espanol/historia-e-historias-de-proximidad-en-la-raya-robledillo-de-valdarrago_31925.html).

Los “descubridores” de Robleda ya habían visto los elementos característicos de dichas estelas, que analiza el citado J. I. Martín Benito: el escudo central, la espada debajo, un presumible espejo en la parte superior, entre este y el escudo, y una lanza; todos ellos en disposición horizontal. La grabación se ha efectuado mediante surco sobre pizarra. Al escudo del susodicho tipo se le ha atribuido origen oriental, mediterráneo, extendido por la Península Ibérica en los últimos tiempos de la Edad del Bronce. De los otros atributos iconográficos se deduce que formaría parte de la panoplia del guerrero, señaladas en el sudoeste peninsular en relación con la cultura tartésica por Celestino Pérez (1990). Globalmente, en este sentido abunda el artículo de J. Luis de Francisco, publicado diez años más tarde: “Consideraciones a la estela de Robleda: símbolo de una cultura, frontera de un pueblo” (Estudios Mirobrigenses, nº 6, 27-64). Además de los copiosos aportes a los antecedentes en los territorios aledaños (entre El Sahugo y Robledillo), el detallado análisis descriptivo e interpretativo, así como la comparación con otros sitios, llaman nuestra atención los lapidarios enunciados del primer párrafo de la conclusión (p. 56):


“Las estelas son el referente de un “Pueblo”. A través de ellas se delimita un espacio de absoluto control, poniendo de manifiesto el valor de la tierra, ya que proporciona todos los recursos necesarios para prosperar y sobrevivir a los grupos que en ella habitan. Las élites que los dirigen refuerzan su posición de control social y territorial, encargándose de la redistribución de la riqueza y afianzando unas relaciones comerciales con otras culturas, tanto en el interior de la Península como de ámbito atlántico y mediterráneo”.


Si bien se mira, el mundo no ha cambiado tanto. No hace mucho nosotros mismos hablábamos de los señores de la tierra, terratenientes causantes (no todos) de muertes y estragos sin cuento en el entorno mirobrigense. Hoy, en la globalización consumista, las élites son mundiales, y los señores de la Tierra tienen imperios comerciales y militares, montados en una ideología adecuada a sus objetivos. ¿No será que, a fuerza de progresar tanto, estamos volviendo a un mundo donde impera la fuerza de los más brutos, sin ética ni estética? Los ejemplos a la vista están, más palpables que nunca.

De momento, todavía tenemos el remedio del pataleo y la contestación, la manifestación cívica contra aquello que no podemos aprobar. Por ello nos desplazamos a la que hubo en Madrid (5 oct. 2025) bajo el lema Salvemos el campo agredido, que no tuvo gran eco entre la gente de por aquí (v. XXIX). A los más viejos quizá les haga sonreír su analogía con el parecido con aquel grito que, durante la Guerra Civil, en la retaguardia franquista pretendía estimular la economía agropecuaria, y servía de cachondeo en los saludos (¿Qué tal? –Bien. ¡Viva el campo!).

A la vuelta a nuestros lares, nos preguntamos qué hallarán los aspirantes a descubridores en “la mina de Villasrubias” (a la que se opone la “Plataforma Rebollar Vivo”) y qué teorías formalizarán los investigadores que analicen esta inquietante aventura. Quienes sigan mirando los toros desde la barrera lo experimentarán, y es de esperar que no les afecte demasiado la falta de habitabilidad y el vaciado rural, para no tener que gritar aquello del único soldado sobreviviente en el combate perdido: ¡En pie los muertos! 

09 octubre 2025

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXIX): ¿EN QUÉ SE DISTINGUE EL ALMA DE LAS MUJERES DEL ALMA DE LOS HOMBRES? (O: ¿EN QUÉ “PARTE” DEL ALMA ESTÁ EL GÉNERO FEMENINO?), por Ángel Iglesias Ovejero

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXIX): ¿EN QUÉ SE DISTINGUE EL ALMA DE LAS MUJERES DEL ALMA DE LOS HOMBRES? (O: ¿EN QUÉ “PARTE” DEL ALMA ESTÁ EL GÉNERO FEMENINO?), por Ángel Iglesias Ovejero - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo

Ángel Iglesias Ovejero
SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXIX): ¿EN QUÉ SE DISTINGUE EL ALMA DE LAS MUJERES DEL ALMA DE LOS HOMBRES? (O: ¿EN QUÉ “PARTE” DEL ALMA ESTÁ EL GÉNERO FEMENINO?), por Ángel Iglesias Ovejero

Esta bizantina pregunta debió de trotarme en la cabeza durante el duermevela del pasado domingo (5 oct. 2025), después de una atareada jornada que, para Françoise y un servidor, empezó a las 5h de la mañana y se terminó entre las 22h y las 24h del mismo día. Ocupamos el tiempo en ir y volver de Madrid para una memorable participación de una reducida tropa de Rebollar Vivo, que, con otras plataformas, se presentaba en la capital del Reino con un objetivo muy ambicioso: Salvemos el Mundo rural agredido [que buena falta le hace]. La escuadrilla mirobrigense, pilotada a distancia por la estratega Sonia, tuvo una primera baja en Ciudad Rodrigo, donde (por motivos fundados) no se presentó un compañero, con quien, en principio, mi persona debía compartir los servicios mecánicos. La diligente Geli (del grupo mirobrigense Asenavis) se encargó de la conducción a Salamanca, donde ya nos esperaban otros defensores del mundo rural agredido en el país charro (Escuelas campesinas de Salamanca, Stop Biogás Machacón, Stop Biometano Babilafuente, Stop Biometano Tornadizos, Stop Uranio, Cuidamos Villamayor, Colectivos por un Mundo Rural y Urbano Vivos). La templada y previsora Almu (de Villasrubias) tomó el mando del pelotón de El Rebollar. Junto a la estación de Atocha buscamos el arrimo de los defensores cacereños de Sierra de Gata, con quienes compartimos el objetivo inmediato (Minas no) y se nos unieron otras intrépidas combatientes (Carmen, Montse, Cloti, Begoña) y nuestro amigo José García (de la diáspora madrileña de Peñaparda), que al final del desfile tuvo que retirarse, por evidente fatiga. El resto de la escuadrilla quedamos en juntarnos a la entrada del Parque del Retiro para compartir la merienda.

Fue allí y entonces cuando me di cuenta que nunca había desfilado en compañía de un contingente mayoritario de mujeres y me hallaba rodeado de media docena de ellas, más jóvenes y más agraciadas físicamente que yo (en lo cual no tienen mayor mérito, ni a mí me preocupa, porque, además de no haberme tenido por guapo desde niño, hay partes de mi geografía física que nunca me he visto y ya no tengo curiosidad por descubrir). El locus ameno era apacible, sombreado y verde, como un trozo de campo en la ruidosa ciudad. A nosotros (a Françoise y a mi) nos retrotraía a vivencias placenteras, pues a escasos metros de la entrada en el parque por el lado de Puerta de Alcalá, nos habíamos (o habían) hecho la primera fotografía juntos, casi sesenta años antes, en el verano de 1968. En la sobremesa habida este domingo, sobre el tapiz del santo suelo, comprobé algo que por experiencia conocía. Aquellas mujeres de edad mediana, e incluso alguna de ellas tan joven que podría haber sido nieta mía, sabían hacer muchas cosas que, reconozco, a mí el machismo instintivo y cultivado (de crianza y labranza) no me ha permitido aprender (Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa).

El polarizado debate entre el machismo y el feminismo no estaba previsto en el orden del día, ni a ninguna de aquellas intrépidas compañeras se le había visto el menor indicio de traerlo a colación. Pero en la vuelta de la memorable jornada madrileña, resultaba casi inevitable, porque estaba muy reciente el nombramiento de una madre de familia y obispa de Londres, Sarah Mullally, para el arzobispado de Canterbury, primado de la Iglesia de Inglaterra, otorgado por el rey Carlos III de Inglaterra, jefe supremo de la Iglesia anglicana (3 oct. 2025). Era una de las noticias más llamativas del día (además de las que atañían a la Flotilla asaltada por los piratas sionistas, cuando se dirigían con ayuda alimenticia y sanitaria a Gaza). Así es cómo vine a pensar cuándo podría suceder algo así en la Iglesia católica, comunidad cristiana mayoritaria y arraigada en España. De creer la leyenda de la Papisa Juana, habría tenido un precedente romano en el s. ix, lo cual, si no fue mera ficción, no tendría más fundamento que intrigas en el papado, con antipapas de por medio. Por principio, difícilmente podrá haber obispas católicas (y por ende españolas), si no puede haber sacerdotisas. Y esto viene de lejos, en relación con la idea misma y la estimativa de la mujer en la historia cristiana.

Se ha dicho que hasta el concilio de Trento (1545-1563) no se reconocía explícitamente que las mujeres tuvieran alma, y que en el de Nicea (325), primer concilio ecuménico, se había afirmado lo contrario. Quizá esto sería un malentendido lingüístico de la polisemia de hombre en latín, que todavía colea (lat. homo, inis, ‘hombre’, ‘los hombres’, ‘el género humano’, ‘un hombre’, ‘un individuo’, o sea, un animal racional). La mujer no es ‘un hombre’ en el sentido restrictivo (no es vir, ‘varón’). Si no compartiera con el hombre (o varón) la naturaleza humana, no se entendería que tuviera tantas obligaciones o más que el varón, y se le impusieran incluso de antes. Así se comprueba en las actas del concilio de Elvira (o Ilíberis, en la Hispania Baetica, ubicada donde Granada en la actualidad), que tuvo lugar entre el año 300 y 324, reuniendo 19 obispos y 26 sacerdotes de toda Hispania, según analiza M. Menéndez Pelayo (1880-1882) en su Historia de los heterodoxos españoles (cap. IV). Por supuesto, el culto de las santas vírgenes y mártires, generalizado más tarde como el de las imágenes en general (s. iv-viii), tampoco estaría justificado sin esta premisa. Desde la Edad Media, siguiendo la doctrina de Santo Tomás, se define la persona humana por la unión del cuerpo y el alma, y en ninguna parte se afirma que el alma de la mujer sea de naturaleza diferente a la del hombre.

Siendo esto así, ¿por qué la Iglesia católica no admite el sacerdocio de las mujeres? (Ello supondría la capacidad de celebrar la misa y administrar los sacramentos). La casuística de los seminarios conciliares preveía esta clase de preguntas, que los aprendices de curas despachaban con respuestas impregnadas de misoginia. En la práctica, los sacerdotes (o presbíteros) no saben avanzar razones y las explicaciones del mismo papa Juan Pablo II, con más alambicado simbolismo, tampoco convencen, debido a que, en definitiva y sin ánimo de ofender, vienen a sugerir que Jesucristo eligió para el apostolado solo a varones porque le dio la gana (apóstol ‘enviado, o mensajero’, evangelizador). Esto equivale a decir que obró conforme a las convicciones de su época, o sea, la tradición “sexista”, que se pretende rechazar. En efecto, aparte de que, según los evangelios, hubo numerosas mujeres que fueron “testigos” de sus milagros y resurrección, esta discriminación llevaría a pensar que el alma de las mujeres es tributaria de sus partes genitales, o poco menos (como las labores de su sexo en la identificación profesional del nacionalcatolicismo español). En esta dinámica, lógicamente, su correlato masculino, o sea, el alma de los varones, residiría en los testículos (< lat. testiculus, diminutivo de testis, ‘cada una de las dos glándulas sexuales masculinas’), y así se explicaría que “el género masculino”, por lo general, sea más fuerte, o más bruto (debido a la testosterona). Y así nos va…

Bromas aparte, y al margen de consideraciones bizantinas, no se ve que la presunta supremacía de los hombres (varones) sea necesariamente de capacidad mental, moral o sentimental. Por experiencia, conozco a muchas mujeres menos testarudas y más inteligentes que un servidor, en mi propia familia, sin ir más lejos: mi madre, mi hermana, mi esposa, mis hijas, mi nieta. En mi entorno social, he observado algo parecido entre mis colegas femeninas (cuya dirección he aceptado, llegado el caso), con excepciones debidas, precisamente, a dos actitudes machistas opuestas: las que defienden el machismo tradicional y las que pretenden emularlo. En general, no son peores gobernantes que los varones y son menos belicistas. A la vista está. Lo achaco a que los hombres (varones), no han parido y la maternidad supone una experiencia especialmente cercana de la vida. En síntesis, no me parece mal que los hombres y las mujeres seamos algo diferentes, para que la existencia sea más entretenida pero suelo postular que, al cabo, en cuanto personas humanas somos iguales (con los mismos derechos y deberes).

Con estas cavilaciones me adormilé, después de comprobar que, en la habitualmente soñolienta Miróbriga, todavía los farinatos y sus huéspedes estaban de compras en una Feria Medieval. ¿Tan despistados andan en el tiempo real? Deberían aprender de los Jubiletas “Robleanos”, que aprovechando el recalentamiento del tardío se habían ido de excursión turístico-culinario-folclórico-religiosa para conocer Huelva. No sería de extrañar que a su regreso nos revelen la aparición de la Virgen del Rocío a caballo, porque como es tan arta se le ve por abajo la enagua blanca, y por arriba se le ven loh collareh de perlah finah

Mientras el Mundo se arregle solo y el Sol salga para justos y pecadores, bien va. Así que hasta otro sueño, o pesadilla, depende.

30 septiembre 2025

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVIII): EL LÍDER DEL PSOE A QUIEN LE SOBRABA LA LETRA O DE LA SIGLA Y SU HOMÓLOGO DERECHISTA EL SIONISTA, por Ángel Iglesias Ovejero

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVIII): EL LÍDER DEL PSOE A QUIEN LE SOBRABA LA LETRA O DE LA SIGLA Y SU HOMÓLOGO DERECHISTA EL SIONISTA, por Ángel Iglesias Ovejero - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo

Ángel Iglesias Ovejero
SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVIII): EL LÍDER DEL PSOE A QUIEN LE SOBRABA LA LETRA O DE LA SIGLA Y SU HOMÓLOGO DERECHISTA EL SIONISTA, por Ángel Iglesias Ovejero  

Últimamente, en los enredos judiciales de los responsables políticos españoles a nivel estatal o regional aparecen algunos carcamales de la “modélica” Joven Democracia. Dichos lodos actuales vienen, en parte, de aquellos polvos que surgieron a la muerte del Pequeño Gran Hombre (para sus admiradores), cuya vida resultaba eterna y, sin embargo, sus funerales ya empiezan a recordarse antes de que se cumpla el medio centenario (20/11/2025). Según la edad que tengas, querido lector, te parecerá mucho o poco tiempo, porque este referente es muy escurridizo y volátil. A quienes no son fervientes adoradores de la imagen pública de aquellos personajes históricos quizá les sorprenda el hecho mismo de verlos en efigie, sea porque los creían ya desaparecidos o muertos (y, mediáticamente, se los venden por vivientes) o porque dudan de su misma consistencia carnal, como esos fantasmas animados que fabrica la inteligencia artificial y, generalmente sonríen, como ángeles algo alelados o diablillos traviesos, a la manera de los fantasmas en los sueños, que, por su incongruencia, en el recuerdo también provocan risa. Lógicamente, aquí no se trata de elucidar el alambicado concepto del hombre como ser risible (capaz de reír, según los antiguos) o riente (objeto de estudio, según los modernos), porque, para empezar, habría que aclarar si encaja en la condición humana la posibilidad rutinaria de permanecer impasibles ante el dolor y la muerte de otros seres humanos en guerras más desastrosas que nunca. Algunos grandes jefes (y sus seguidores) resuelven el problema decretando que existen seres humanos que son superiores a otros, por naturaleza. Esto se llama racismo. Nosotros, ahora, solo tratamos de un par de líderes españoles, o sea, de dos jefecillos a escala mundial, que, en nuestra perspectiva lúdica, podrían asociarse con las figuras cambiantes del filósofo triste y el alegre, aunque ninguno de ellos destaca por su entusiasmo democrático. Existen diferencias, porque uno es (o era) “algo de izquierdas”, y el otro “muy de derechas”, pero convergen en criticar al presidente del Gobierno.

Personalmente, lo que más me intriga en los aludidos personajes españoles es la sonrisa perdida en uno de ellos (“Parece que se lo deben y no se lo pagan”) y la escurridiza mueca del otro, cayendo visiblemente de la córvida nariz, a la que antaño prestaba cierto misterio el enmarañado bigote. El primero de ellos, hace ya medio siglo o más, se buscó un alias erudito (Isidoro, como el obispo hispalense autor de las famosas Etimologías, en el s. vii), con el cual se dio a conocer entre los líderes históricos del PSOE, unos exiliados y otros clandestinos (“en el exilio interior”), a los cuales se fue imponiendo por su labia y comedido gracejo. Un amigo escocés, también sevillano y de ascendencia escocesa (Gilberto Pitcairn Estrada, q.e.p.d.), sin ánimo de ofenderle, comparaba sus morritos con los de los simpáticos cerditos de la fábula. No había destacado, precisamente, por su marcada empatía por el movimiento obrerista, tanto que alguien le cargaría el sambenito de que “le sobraba la O (de obrero) en la sigla”. Quizá fuera una mera opinión colectiva, a la cual aquí le damos formulación, a falta de autoría reconocida. En aquel contexto, desaparecido el Lobo feroz, pero con el miedo de que volviera otro tan malo o peor que el anterior (como estuvo a punto de suceder con el golpe frustrado del 23 de febrero de 1981), sabiamente administrado, aquel tibio socialismo le dio para gobernar 14 años.

En efecto, el felipismo reinante consolidó la praxis del olvido de los crímenes franquistas, como remedio para asentar la Monarquía, prevista en las leyes de la Dictadura. Se basa en “el miedo guerracivilista”, tantas veces invocado. El mismo personaje lo ha reconocido, aclarando que el general M. Gutiérrez Mellado (quien en el aludido alarde de Tejero adquirió fama de héroe, y en 1936 había apoyado la rebelión militar y participado después en la represión franquista) le había pedido que: “Cuando fuera presidente del gobierno, esperase a que la gente de su generación hubiera muerto para abrir el debate sobre lo que supuso la guerra civil y sus consecuencias, porque debajo del rescoldo, sigue habiendo fuego” (J. L. Cebrián, El futuro no es lo que era, cita según L. S. Fernández Contreras, Público 01/02/2020). Cumplió el encargo a rajatabla. El resultado de este legado es que las víctimas republicanas de antaño y sus familiares fueron sacrificados, perdedores por segunda vez de la sublevación militar, la guerra y sus “daños colaterales”. Y si la mayoría de ellos no fueron totalmente olvidados ante la Historia definitivamente, ello se debe al movimiento memorialista, al filo del s. xxi. Pero la “generación de los nietos”, en general, no ha podido transmitir los testimonios directos, que no fueron recogidos a tiempo. A pesar de ello los denostados presidentes J. L. Rodríguez Zapatero y P. Sánchez Pérez-Castejón, cuyos gobiernos respectivos proclamaron la Ley de Memoria Histórica (2007) y la Ley de Memoria Democrática, han sido mucho más coherentes que su antecesor socialista. Este es el motivo por el cual son odiados de los herederos del franquismo (e incluso de algunos trasnochados felipistas), quienes tienen la osadía de tratar al actual presidente de dictador y traidor (¡a las esencias de la Patria!).

Tampoco andaba muy sobrado de espíritu democrático el felipismo y no digamos el aznarismo, que vino después y sigue siendo ahora uno de los refuerzos invocados en los incordios fascistoides contra el citado presidente. Al parecer, no le hacía asco a los método empleados por los terroristas que pretendía combatir, como quedó demostrado con los miembros del GAL, que actuaron en “la guerra sucia” contra la ETA entre los años de 1983 y 1987. Además de practicar el terrorismo de Estado, eran unos chapuceros, que confundían los objetivos de sus actividades. Así lo acabé de descubrir al participar en un tribunal de tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Barcelona (en 2009). La presentaba en francés L. Thouverez, con un título en francés, que, traducido al español, decía más o menos: Análisis crítico del discurso sobre el Grupo Antiterrorista de Liberación en la prensa francesa y española (1983-1986). Me pareció un trabajo bien hecho, aunque en el informe correspondiente señalé que, en la aplicación del concepto mismo del terror, con sangre de por medio, en ningún caso debía tener justificación posible por muy excelso que fuera el objetivo (“Dios”, “Patria” o “Rey”), aunque hubiera que matizar el alcance mismo de “la violencia”, a veces necesaria, porque, en último término: “No es lo mismo un tirón de orejas que un tiro en la nuca”. En la discusión que siguió en el tribunal académico (compuesto en total por seis universitarios, entre vascos catalanes y tres hispanistas franceses), alguien creyó oportuno recordarme una frase que yo ignoraba y los otros conocían, porque, en los años ochenta el entonces presidente del Gobierno lo repetía a menudo: “No importa si el gato es blanco o negro, lo que importa es que cace ratones”. Por lo visto, era un proverbio chino que dicho personaje aprendió en 1985 de Deng Xiao Ping (líder aperturista de China), con el cual este se refería a las reformas económicas, pero el gobernante español también lo extendía a los métodos represivos emparentados con el “terror de estado”.

La singular manera que tenía de entender la democracia el reputado estadista, presumible heredero ideológico de Pablo Iglesias Posse, se refleja en su actitud comprensiva con el genocidio de la población palestina, por el exterminador Netanyahu, que justifica con el inicial terrorismo de Hamás. Está claro que nunca entendió que una democracia no puede emplear procedimientos terroristas sin dejar de serlo. Quizá no se sepa nunca hasta donde habría llegado su convergencia con su homólogo derechista, con quien, además de la justificación del sionismo, comparte la inquina contra el presidente actual del Gobierno, por su tolerancia con los independentistas, como si esto fuera un delito contra los dogmas de fe españolista.

El aludido homólogo derechista no se cita aquí por su nombre civil, para no darle fama a él y pábulo a su infame propaganda ideológica, cuando en la actualidad se refiere, elíptica y cobardemente, a “lo que está haciendo Israel” (o sea, un genocidio), y considera que así se está salvando “la cultura occidental” (lo que, implícitamente nos retrotrae a la llamada “Cruzada española”). Los campesinos de estos aledaños mirobrigenses, a principios de siglo, le dieron el sobrenombre del Mamporrero, motivado por la analogía entre el papel del ayudante de garañón cuando este cubre las yeguas y el que a dicho dirigente español le asignaron G. W. Bush y T. Blair en la guerra de Iraq contra Sadam Hussein, acusado de estar en posesión de armas de destrucción masiva (2003), lo cual era falso. De aquella manipulación dimana el terrorismo islámico actual, que entre otros atentados, cuenta en su haber macabro el de Atocha (11 de marzo de 2004), que causó 193 víctimas mortales. Corren leyendas sobre el premio que recibió por su participación en el conflicto de Irak o en contiendas comerciales, en las cuales el jefe angloamericano le habría permitido al españolito fumarse un puro, con los pies encima de la mesa. El atentado de Atocha, reconocido por Al Qaeda (organización terrorista, yihadista), le costó las elecciones, que el populista daba por ganadas, por no haberlo adivinado y por empeñarse en atribuirlo al terrorismo etarra. No se sabe si de estas descaradas mentiras le viene el desarrollo de la pinochesca nariz, que el rasurado bigote ha revelado, dándole un eco cavernoso a su voz y el susodicho perfil córvido al sonreír, como si, involuntariamente, imitara al Charlot del cine mudo.

Comparado con estos desastres, el gobierno del actual Presidente resulta casi ejemplar, tanto por su aspiración pacificadora interior y su compromiso humanitario exterior, como por sus aciertos socio-económicos. Lógicamente, está muy lejos de la perfección, pero en su descargo cabe decir que: “Con esta clase de amigos, no necesita enemigos”.

16 septiembre 2025

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVII): “NUESTROS ARTÍCULOS” NO SE ENCAJAN “EN NUESTROS LIBROS” DE INVESTIGACIÓN (II), por Ángel Iglesias Ovejero

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVII): “NUESTROS ARTÍCULOS” NO SE ENCAJAN “EN NUESTROS LIBROS” DE INVESTIGACIÓN (II), por Ángel Iglesias Ovejero - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo

Ángel Iglesias Ovejero
SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVII): “NUESTROS ARTÍCULOS” NO SE ENCAJAN “EN NUESTROS LIBROS” DE INVESTIGACIÓN (II), por Ángel Iglesias Ovejero

[Como se prometió en la última entrega de las opiniones “sin ética ni estética” (XXVI), se prosigue hoy con algunas apostillas sobre publicaciones del CEM, por supuesto, sin mayor transcendencia].

6. De la realidad (o de la apariencia) histórica del territorio mirobrigense se ocupan varios colegas especializados desde hace tiempo en la materia (Historia de Ciudad Rodrigo, vol. I y II). Gracias a ellos se conoce mejor, sobre todo, lo que, en sus clases de los años sesenta, el historiador palentino Julio González (profesor de la Universidad Complutense) solía calificar de “historia externa”, en general. Concretamente, en esta Historia de Ciudad Rodrigo se describe la condición fronteriza de la Ciudad y su entorno, frente a Portugal y, antaño, la Transierra musulmana (norte de Extremadura). Por así decir, de un modo simplista, lo que define la cabecera y su alfoz administrativo, en el plano civil y eclesiástico, es una lucha secular entre vecinos, hermanos (o primos) que, como en las mejores familias, se disputan el patrimonio de padres y abuelos con tal ahínco que, en una continua labor de zapa, lo reducen a su mínima expresión (“Pleitos tengas, y los ganes”, decía una castiza expresión refranera). Las causas del estado de cosas en estos pagos son múltiples, pero las monarquías cristianas tienen gran parte de la responsabilidad.

7. Los reyes cristianos de la Plena Edad Media, incluso cuando la amenaza de los “moros” estaba lejos de ser un peligro remoto, se peleaban entre sí por las parcelas de poder y de tierra, invocando la voluntad divina (con “milagrosas” victorias) y buscando la bendición eclesiástica (raramente desinteresada). Los nietos de Alfonso VI se enfrentaron por el condado de Portugal, que conseguiría su independencia como reino (1143), al ser derrotadas las tropas del “emperador” Alfonso VII por los partidarios de su primo Afonso Henriques, o Alfonso I de Portugal. Desde entonces hasta el s. xvii los reyes de León (o de Castilla y León) y de la Monarquía Hispánica trataron de anexionarse, por las buenas o, sobre todo, por las malas, del reino vecino, sin que fuera óbice para ello el tratado de Alcañices (1297), que supuso el desplazamiento hacia el este de la frontera, en detrimento del territorio “leonés”, que, además de perder Ribacoa, quedó encajonado entre el emergente reino portugués y las aspiraciones de Salamanca, tanto concejiles como eclesiásticas. El capítulo de agravios de los “hermanos” portugueses, vengados o no, incluye también la sonada derrota del ejército de Juan I de Castilla por el de Juan I de Portugal, en la batalla de Aljubarrota (1385). Diversa fortuna tuvieron las intervenciones de la Corona de Portugal en las guerras civiles de Castilla y León en el s. xiv (1369-1479) y, sobre todo, en el s. xv (1474-1479), en que el rey portugués Alfonso V defendió, sin éxito, los derechos de su esposa Juana (“la Beltraneja”, hermanastra de Isabel la Católica). Más dolorosa para el nacionalismo portugués sería la anexión de la metrópoli y su imperio a la Monarquía Hispánica, desde Felipe II (1580) hasta sus descendientes, Felipe IV y Carlos II, en que Portugal recuperaría su independencia, en la Guerra de Restauración (1640-1668).

[Entre los vestigios probables de las visitas de los portugueses en esta guerra, cabe recordar las caídas de los dos pontones de Posaíllas, y no solo uno, que había entre El Sahugo y El Bodón (sobre el Águeda), y entre el mismo pueblo y Robleda (sobre el Olleros). Las comunicaciones con Extremadura y los otros pueblos del antiguo partido judicial resultaron muy dañadas. Los viajes con carretas a Ciudad Rodrigo, debido a las crecidas torrenciales, solamente serían seguras mediante un rodeo enorme por el puente de El Villar (El Payo) hasta principios del s. xx, cuando se inauguró el puente de Vadocarros, sobre el Águeda, entre Robleda y El Bodón].

8. En los ríos revueltos de la Edad Media y la Moderna pescaron la nobleza y las órdenes religiosas, que no prestaron de balde sus “servicios” a unos y otros monarcas (en el territorio mirobrigense hay apellidos de probable origen portugués, como Chaves y Pacheco) y contribuyeron a la situación actual. Otro tanto cabe decir de la epopeya ibérica compartida en la guerra de independencia contra la invasión napoleónica (1808-1813), ruinosa, que también generó una nobleza nueva y “nuevos ricos”, que beneficiaron de los previsibles enjuagues por parte de los “héroes” reconocidos. La gran hazaña bélica, en su principio, también estuvo determinada por la condición fronteriza de este territorio, pues tuvo su prólogo en 1807, debido a que Napoleón, en connivencia con España, para castigar la falta de colaboración lusa en el bloqueo de Gran Bretaña, envió un ejército que ocupó Lisboa. Algunos colegas mirobrigenses participaron en las parodias bélicas (y en las posteriores celebraciones del II Centenario). Algunos incluso se prestaron a los simulacros (casi oficiales) de aquel año (2007) en Peñaparda, donde dejaron constancia del “encuentro” con los franceses, según reza una placa fijada en una de las paredes de su ayuntamiento. En las explicaciones de entonces (y la opinión local de hoy) se daba por hecho que los intrépidos vecinos peñapardinos (unos 50 hogares hacia 1750) habían causado un centenar de bajas al ejército del general Junot. Con ello quedó probado que el ridículo es una anomalía sin efectos mortales, como en plan algo lúdico expusimos por entonces (Iglesias: “Los anecdotarios de bravuconadas y la gran mojaína de 1807, Carnaval, 2009). Sospechamos que esta humareda estaba destinada a neutralizar la aplicación de la Ley de Memoria Histórica, publicada aquel año (2007).

9. Dicho esto, en el tercer volumen de esta Historia de Ciudad Rodrigo y su tierra se describen y analizan, con detalle y pertinencia, no solo aquella guerra, sino otros alardes posteriores y variados aspectos de su intrahistoria, y sobre todo de su inmenso patrimonio cultural. Sin embargo, nos tememos que esta llamativa riqueza, puesta de relieve por investigadores, y escritores conocidos ellos mismos a veces, mirobrigenses o foráneos, paradójicamente, pueda tener un efecto no deseado, como sería ocultar la realidad palpable de la Raya hispano-portuguesa por estas latitudes. En efecto, a ambos lados de la frontera existen dos entidades históricas “hermanas”, que configuran uno de los espacios más deshabitados, peor comunicados, desasistidos, esquilmados y expuestos a incendios recurrentes de Europa. Esa es la realidad palpitante de este rincón de la provincia de Salamanca, en la Comunidad Castilla y León, donde el “leonesismo” cultural (sobre todo lingüístico) está en regresión y la diócesis de Ciudad Rodrigo en vías de desaparición. A esta situación han contribuido los desastres bélicos (no solo fronterizos, sino “civiles”) y las políticas inoperantes, inadecuadas o inexistentes sobre la natalidad y la emigración. Echamos de menos un estudio profundo y actualizado sobre la diáspora migratoria, que es, de por sí, una catástrofe y una epopeya.

10. A defecto de proponer soluciones, otras publicaciones (dentro o fuera del CEM) coinciden en proponer una visión edénica del campo y de la Ciudad, que si no son emanaciones de las oficinas de Turismo, consideran este como una panacea eficaz y casi único remedio. Es el caso de estudios locales, por otro lado meritorios e incluso cuidados, que tienden a la acumulación de datos, para satisfacer el espíritu de campanario, y no solo porque “lo sacro” no suele faltar en ellos, sino porque lo hacen en detrimento de “lo profano”, a no ser que sea festivo y gastronómico (“La danza sale de la panza”). A la manera de las emisiones mediáticas, los pueblos de la España “vaciada” aparecen saturados de vitalidad, con un tipismo redivivo, llenos de tradiciones seculares. De hecho, a veces su vigencia apenas se puede comprobar más allá de los abuelos o bisabuelos, y al contrario, con frecuencia, se trata de fenómenos muy extendidos antaño, que ya eran generalmente obsoletos hace medio siglo. El intrusismo, que acecha a los autores que se salen de su parcela, se manifiesta en la anacronía con que tratan los hechos de lengua, dialectos y hablas, gracias a la osada ignorancia de autoridades locales y mediáticas, quienes, al margen de peregrinas etimologías, no tienen inconveniente en citar como “precursores” a quienes son, propiamente, seguidores o copistas de otros anteriores.

11. En síntesis, el jardín florido de la España vaciada se construye con el paisaje idílico y el armónico desarrollo de la agricultura y de la ganadería, que darían sus frutos sin el esfuerzo humano y sin riesgo de coces o cornadas, con un tiempo climático propicio y sin las prisas del ámbito urbano. Así queda tiempo para las dosis de turismo culinario, artístico y folclórico rejuvenecido, que se propone a los oriundos del país, llegados de lejas tierras, antiguos desertores de las faenas penosas, o improvisados senderistas, ávidos de no dejar un palmo sin la huella de su pie. En este contexto el neoturista descubre (o simula descubrir) que los frejones no crecen en los árboles y las encinas no dan aceitunas ni los olivos bellotas. Es un fenómeno parecido a lo que R. Sánchez Ferlosio denominó el efecto Turifel, cuando el descubridor de maravillas artísticas ve el modelo de la imagen conocida (¡Anda, mira cómo se parece esta torre la tarjeta que nos mandaron de París). De esta clase de paletos hay muchos en el mundo, y nosotros mismos hace mucho tiempo que hemos renunciado a ver todas las maravillas artísticas del mundo, todas las puestas de sol, y nos contentamos con lo que hay por aquí. Por si alguien no lo sabe, en estos pagos de la España vaciada, el jardín edénico florece entre San Juan y Santu Ferinu. Y se machita en San Miguel, aunque ofrece “brotes verdes” en ciclo festivo del año turístico: los Santos (con su culto a los “pacíficos” muertos), las Navidades (con sus “entrañables” loterías, regalos, salidas y entradas de año, juguetones Reyes), Carnavales (descafeinados y sin jorramachis), compungida Semana Santa (con encapuchadas procesiones). El común denominador es el ruido y la música ruidosa (de campanas, bombos y tambores, tamboriles y gaitas, panderos y castañuelas, carracas y matracas, trompetas y clarines, petardos y cohetes, etc.), que sería soportable, si no fuera acompañada, con frecuencia, del insufrible, obsceno y escatológico pon-pón y botellón.

12. La visión del edénico jardín rural, entrevisto en la propaganda mediática del turismo, tiene otro efecto perverso, en los consumidores de mediana edad, que podría formularse en un lema hasta ahora no acuñado, por lo que tiene de paradójico: “Envejecer para rejuvenecer”. La gente activa, entre 40 y 60 años, suele ser muy sensible al señuelo de unas vacaciones permanentes, vividas en lugares amenos y con medios para costearlas. Se supone que, aparte de quienes por naturaleza nacieron vagos y su estado social o su astucia se lo permiten, ese privilegio solamente lo alcanzan los jubilados, con una pensión digna. Si cumplen esta condición, estarían dispuestos a envejecer rápido para jubilarse. El modelo parece encarnarse en los jubilados, que donde resultan más visibles es en los pueblos, pero no se lo recomiendo a nadie, por las razones que ya expuse al tratar de los “aspirantes a Jubiletos/-as” (v. XXII). Así que, a guisa de conclusión, baste recordar que el edénico jardín puede revelarse en lo que dice un dicho vulgarizado: “El saco vacío no se mantiene en pie”.

05 septiembre 2025

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVI): “NUESTROS ARTÍCULOS” NO SE ENCAJAN “EN NUESTROS LIBROS” DE INVESTIGACIÓN (I), por Ángel Iglesias Ovejero

SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVI): “NUESTROS ARTÍCULOS” NO SE ENCAJAN “EN NUESTROS LIBROS” DE INVESTIGACIÓN (I), por Ángel Iglesias Ovejero - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo

Ángel Iglesias Ovejero
SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVI): “NUESTROS ARTÍCULOS” NO SE ENCAJAN “EN NUESTROS LIBROS” DE INVESTIGACIÓN (I), por Ángel Iglesias Ovejero

Con la entrada en los recodos septembrinos del verano se recupera algo de la calma necesaria para valorar las publicaciones y actividades del Centro de Estudios Mirobrigense o de instituciones análogas. De algún tiempo para acá son tan copiosas que, a menos de leer a destajo, no queda tiempo para volver la vista atrás, en esta paradoja vacacional de agosto, sobre todo para las personas mayores “autóctonas”, en cuya agenda, la participación en jornadas culturales, presentación de libros, homenajes, campañas cívicas y colaboraciones diversas, matutinas y vespertinas, se imbrica en las ocupaciones de la gente joven o no muy madura, generalmente foránea y noctámbula, cuyo horario se ajusta al sugestivo lema: “Fiesta de noche y descanso de día”. Es tan castizo que debería estar subvencionado y declarado patrimonio inmaterial de la Humanidad, e incluso, por parte del cronista, merecerían un voto de confianza si se fueran con la música ruidosa, el baile y las libaciones, con sus secuelas, adonde se fue el padre Rosa (personaje elucidado en Iglesias, Diccionario, 2024: 487). Se admite que puede haber cierta reciprocidad en la desafección de quienes practican este modus vivendi y los “investigadores” aguafiestas, entre los que se cuenta el que esto escribe, que de dichos avatares suele salir con la cabeza caliente y los pies fríos. Tanto es así que, si de él dependiera, el agua sería bienvenida, mayormente para la extinción de incendios, aunque hubiera que sacrificar unas cuantas agotadoras fiestas agosteras.

Por otro lado, también se debe admitir que “nuestras investigaciones”, personales o en grupo, no siempre destacan por una profundidad abismal, sino que manifiestan una tendencia acumulativa y con eventual olvido de “nuestras” propias contribuciones en publicaciones periódicas. Sin embargo, vaya por delante que no se trata ahora de sermonear a quienes se han investido, laboriosamente, en trabajos colectivos de envergadura, para no hacer como el cura que se desahoga con los fieles asistentes a la misa porque otros no van por la iglesia. Ahora bien, conviene matizar que se aprende más de una crítica (o autocrítica) acertada y sincera que de los elogios oportunistas y superficiales. Para empezar, pueden venir al caso algunas observaciones sobre la Historia de Ciudad Rodrigo y su tierra, en tres volúmenes, publicados por el CEM (y el Ayuntamiento de C.R.) en otros tantos años (2021, 2023 y 2024). Como el tema es algo pesado, lo saltaremos en dos trancos.

1. Si dicha Historia fuera un árbol tendría forma de canuto más que de cono, con el grueso cepellón, el tronco alargado y extensible, la copa de ramas frondosas y dispersas, no exenta de tupida hojarasca. Esta percepción, a pesar de la aparente formulación lúdica y desenfadada, en modo alguno pretende desvirtuar los méritos innegables que atesora, empezando por el hecho mismo de ofrecer una visión de conjunto sobre la Ciudad y su entorno. Quizá el cronista tenga algún ignorado motivo que lo lleve a percibir una estructura arbórea en los seres vivos y portadores de nombres personales (autónimos) en la cultura hispánica, basándose en una socorrida metáfora que aflora en sus “árboles paremiológicos” (dos diccionarios y varios artículos). Como está muy lejos de los conocimientos de los especialistas en arqueología y geografía, encuentra demasiado grueso el cepellón de la prehistoria y casi de la historia antigua, en la que no percibe claramente unos antecedentes de la entidad histórica posterior (hispanidad, españolidad, ¿salmantinidad, o mirobrigidad?). Entiende, sin embargo, que la Tierra tiene su propia naturaleza y pasado (¿“historia evenemencial”?), como los seres humanos sus ascendientes. Sobre los habitantes de estos pagos y su cultura, como lingüista, no se ha aventurado más allá de las manifestaciones o razonables conjeturas de la toponimia y la documentación conocida hace un cuarto de siglo, de lo que, hace más de 20 años, dejó constancia en la “Breve semblanza histórica de El Rebollar” (Giraud-Iglesias, Cahiers du PROHEMIO, 2004), que los eruditos colegas no han visto.

2. El análisis de los materiales residuales de los tiempos remotos, inmemoriales, no resuelve, al parecer, la identidad de las agrupaciones humanas, que vagamente se vislumbran en la Toponimia y la Antroponimia. Por principio, la Historia es un gran relato que, geográfica y cronológicamente, aglutina numerosas historias (o microhistorias) en que se narran hechos y dichos realizados por agentes (considerados personas), identificados individual o colectivamente en una época anterior, eventualmente tributarios de una “memoria histórica”, vivida pero ajena, a no ser que el historiador sea agente o, al menos, testigo de lo que se relata. Los pueblos primitivos (no alfabetizados) memorizan su “historia”, pero esta, por definición, generalmente se fija en la escritura. Los arqueólogos analizan otros productos, que suponen saberes más o menos desarrollados, pero a menos que la epigrafía venga en su ayuda, no son muy fiables cuando proponen identificaciones nominales preexistentes (antropónimos, topónimos; ellos a veces han creado los cronónimos geológicos y prehistóricos). Los mismos historiadores de la Edad Antigua y gran parte de la Edad Media, quienes se basan en documentos auténticos (no necesariamente infalibles), se aventuran por el campo de la onomástica (con azarosos riesgos sobre etimologías y motivación). De hecho, hasta la Edad Moderna, seguimos sin saber a ciencia cierta qué realidad histórico-geográfica designaba Miróbriga, cómo se llamaba el asentamiento humano de Ciudad Rodrigo y quién fue el referente epónimo de este topónimo complejo.

3. El topónimo latino, de origen céltico, Mirobriga (compuesto de mers, ‘ilustre, famoso’, y briga ‘fortificación, población’) tiene homónimos en la Península: Mirobriga celticorun, en la antigua Lusitania, identificado con Castelo Velho de Santiago (región portuguesa de Alentejo); Mirobriga turdulorum (u oretanum), en la Bética, población ubicada en el término de Capilla (Badajoz); y Mirobriga vettonum, en la Vettonia lusitana, identificable con el asentamiento de Ciudad Rodrigo, por indicios augustales de los deslindes de la localidad con Bletisama (Ledesma) y Salmantica. En una de las inscripciones epigráficas se reconoce la raíz del topónimo en un probable etnónimo (Mirobrigenses, comprobado en otros homónimos de Mirobriga) precedido de otro término en latín que podría corresponder a la designación antigua de la Ciudad (Valuta). Esta teoría debió de promoverse con el descubrimiento de las tres columnas (1557). A. Sánchez Cabaña le dio el soporte de verosimilitud a la leyenda, decorada con no poca fabulación, que le llevaría a proponer Rodríbriga como alternativa de Miróbriga o Augustóbriga, en la deriva de Civitas Augustae y de soluciones onomásticas propuestas por otros historiadores y cronistas, que entre sus fundadores ancestrales incluían al rey Mirón o Brito, Augusto y Rodrigo (Iglesias 1996a: 223, 243-244). [La autoridad socorrida para estos topónimos es Mª Lourdes Albertos Firmat, “Los topónimos en -briga en Hispania”, Veleia, 7, 1990, 131-146].

4. Los avatares onomásticos medievales de Ciudad Rodrigo quizá remonten a una forma Agata / Agada, relacionada con el hidrónimo Águeda, conforme expusimos en los “apuntes para un esbozo de hidronimia serragatina” (Carnaval, 2006, 425-438). En la Plena Edad Media el referente hidronímico presenta un polimorfismo considerable debido a la declinación latina: fluvio Algada, fluvium Agade, Agadam, fauce de Agada, fluvio Algada; después río de Agada. Es probable que, ya de antes (s. VIII), en el sitio de la actual Ciudad Rodrigo se hallara el emplazamiento de Agata, que en la Crónica de Alfonso III se menciona entre las conquistas efectuadas por Alfonso I de Asturias (739-757) en una expedición militar que le permitió ocupar Viseu, Chaves, Agata, Ledesma, Salamanca y Zamora. Allí existía un monasterio dedicado a Santa Águeda (sanctae Agatae), donado por Fernando II a los monjes de Cluny (1169). Este hagiónimo motivaría, pues, el topónimo y el hidrónimo, hipótesis formulada en el Bastón de Ciudad Rodrigo (1770). Sánchez Cabañas (cap. XI) lo pone en relación con el orónimo sierra de Gata (“por hallarse en ella la piedra preciosa llamada ágata”), que también recoge el citado Bastón y desarrolla G. Velo Nieto (1956: 4, nota 4), suponiendo que toda la homonimia o paronimia referencial (hagiónimo, hidrónimo, orónimo y topónimo cacereño Gata) se resuelve con una hipotética iglesia en lo alto de la sierra de Jálama, dedicada a santa Águeda (de la que no se tiene constancia alguna). Para no alargar la compleja síntesis, preferimos la cita de textual (p. 434, con algún recorte):

En suma, no parece que Gata, nombre de sierra (orónimo) y de pueblo (topónimo), y Águeda, nombre de río (hidrónimo), deriven del mismo nombre de Sancta Agatha o Santa Águeda. Solamente el nombre del río remonta a dicho hagiónimo (< Santa Águeda). En cuanto al orónimo Gata, Antonio Llorente considera que, al igual que Jálama, es secuela de un étimo preindoeuropeo (Llorente M. 2003: 100), pero sin argumentar esta afirmación. Si no se quiere remontar tan lejos, podría pensarse en la metáfora gata ‘nubecilla’, que registra el primer diccionario de la Academia : “gata, la nubecilla, o vapor que se pega a los montes, y sube por ellos, como gateando, por lo que le dan este nombre”(Aut.: gata); pero otros prefieren relacionar Gata con el uso metafórico de gata ‘elevación’, análogo al del latín cápita ‘cabeza’ (Albaigès 1998: 279), correspondiente a una visión animada de las montañas o y alturas que recuerdan la morfología animal, de las que son testigos por estos pagos Cabeza del Águila (Robleda), El Espinazo (Navasfrías), El Lombu (en Robleda), etc. Ahora bien, si se puede dar por descontada la existencia de un étimo común para el hidrónimo Águeda y el orónimo Gata, no se puede ignorar la analogía de ambos significantes y el papel que puede haber desempeñado la paronimia en estas designaciones o sus derivados. Basta con señalar el enredo, verdaderamente lúdico, del río Agadones (Cespedosa) y el Agadón (Monsagro), afluente del Badillo, que a su vez desemboca en el Águeda (ant. Agada) y forma con el Burguillos (Agallas) el espigón donde se ubican las ruinas de Lerilla. Pues bien, este Burguillos también se denomina río de los Gatos, como si en términos festivamente etimológicos, se insinuara la posibilidad de que estos nombres de afluentes fueran derivados tanto del nombre del río Agada (> Agadón, Agadones) como del nombre de la sierra de Gata (> Gatos)”.

Sobre la etimología de Águeda y Agadones, se pronuncia A. Llorente en estos términos (cita, p. 436): “Esos dos hidrónimos (Águeda y Agadones) muy probablemente son de carácter indoeuropeo, pues se pueden remontar a un apelativo que signifique ‘agua’, ‘río’, con etimología semejante al latín aqua, gót. apa” (Llorente 2003: 112-113, nota 201). Y el autor del artículo formula, entre otras conclusiones, la siguiente (ibíd.):

“La existencia de un étimo prerromano indoeuropeo, relacionado con aqua y otras formas análogas, propuesta por Antonio Llorente, resulta tentadora y razonable. Pero no pasa de mera conjetura para una época remota de la que no se poseen datos fehacientes. Por otro lado, si tal forma se comprobara, habría que entenderla como una etimología remota sobre la cual ha operado, en definitiva, el nombre de (Santa) Águeda, que en todos los casos (incluido el antecedente greco-latino Agatha, que postula Menéndez Pidal) parece ser un motivo necesario para llegar al hidrónimo actual Águeda.

Esta es la razón por la que el río de Ciudad Rodrigo tiene nombre de mujer. Pero como la etimología es cambiante y tornadiza, la conclusión podría cambiar también, si se aportaran las pruebas de la existencia de otras formas antiguas, nobles y leales que vinieran a aumentar el caudal etimológico del hidrónimo Águeda”.

5. Los genealogistas, en efecto, manejan materiales nobles, acordes con la divisa de “antigua noble y leal” (lema heráldico de la Ciudad). Pero hasta ahora tampoco han dado con la tecla del epónimo fundador o refundador de la población, cuya designación latinizada ya era Civitatem Roderic, en la primera mitad del s. XII. Sin necesidad de una competencia específica, por mera lógica y consulta de manuales escolares, el candidato tradicional (en Sánchez Cabañas y otros), Rodrigo González Girón (hijo de Gonzalo Rodríguez Girón, nieto de Rodrigo Gutiérrez Girón, y yerno del rey Alfonso VI), resulta inviable, por falta de referente histórico en aquella época. Así que difícilmente habría podido asumir la repoblación de la ciudad del Águeda, por liviana que fuera. Tampoco se comprueba la posibilidad, entre otros homónimos portadores del autónimo: Rodrigo Fernández, Rodrigo Girón, Rodrigo González de Cisneros, Rodrigo García de Cisneros. Es el caso de Rodrigo González de Lara (hijo de Gonzalo Núñez, de incierta ascendencia), alférez de Alfonso VI, con cuya hija Sancha estuvo casado; pero de sus hazañas por estos pagos no hay constancia. El genealogista Luis de Salazar y Castro (s. XVII-XVIII) rechaza esta posibilidad, al tiempo que promociona la de Rodrigo González de Cisneros, cuya existencia otros niegan, a pesar del perfecto encaje de la leyenda explicativa del linaje de los Girón (Se non è vero, é ben trovato / ‘Si no es cierto, está bien compuesto’). Según la misma, este nombre de familia estaría motivado por la ayuda que dicho personaje habría prestado a Alfonso VI en la batalla de La Sagra (¿inexistente?, 1086,), donde el rey cayó debajo de su caballo muerto; Rodrigo le prestó el suyo para que huyera; pero en el cambio de montura el rey se hizo un jirón en la sobrevesta, que sería el motivo heráldico recordado en una conocida copla y, en este supuesto, de la sustitución de Cisneros por Girón en el nombre de este linaje (Iglesias 2018b: 222). Ahora habrá que esperar a ver si la hipótesis del conde Rodrigo Martínez (h.1090-1137), que en el segundo volumen de la Historia de Ciudad Rodrigo y su tierra se formula (2022: 94), queda confirmado con algún documento fehaciente.

[Como las apostillas resultan más largas de lo previsto, se continuará, si el Tiempo que corre lo permite]

MALA CARRETERA, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez

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