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04 diciembre 2022

LA CRISIS, por Román Duran Hernández

LA CRISIS, por Román Duran Hernández

Cuando todavía andábamos con la peseta y había una crisis, la peseta se devaluaba y todo quedaba arreglado. Ahora cuando hay crisis hacen que suban y bajen las primas de riesgo sin que nadie sepa que es eso. Pero ustedes tranqui, que eso son disputaciones metafísicas que se traen los políticos y los ecónomos para tenernos en un vilo.

Si uno se atiene a las noticias,somos paupérrimos y estamos en la ruina. Ayer nos acostamos en la villa del pelotazo y hoy nos hemos levantado en la chabola del lumpen, como cuando España se acostó monárquica y se levantó republicana. Pero ya digo que todo eso son síntesis históricas, simplificaciones de los políticos y, ahora, sutilezas y manías de los economistas, que están llenos de manías.

Pero sale uno a la calle, compra el periódico, desayuna unos churritos, se corta el pelo, y todo sigue igual, los precios son los mismos, la vida no ha cambiado y el barbero sigue hablando del Atlético, que es lo bueno. Dicen que a larga notaremos los efectos, pero cuando principian a notarse los efectos de cualquier devaluación,de cualquier crisis ya estamos en otra revolución, de modo que todo se compensa.

La economía, que parecía la cosa más seria del mundo, ocurre que fluctúa todos los días en la Bolsa, como la febrícula de un histérico, y como eso no se corresponde con el valor sólido de las cosas, llevamos ya mucho tiempo convencidos de que las finanzas son tan volubles y versátiles como Ana Obregón en el amor. La economía es a nuestro tiempo lo que la teología a los tiempos de Trento. Una materia maleable, incoercible, una coña. Las devaluaciones o revoluciones son buenas o malas según quién las haga, y no hay más que leer los periódicos para verlo. Yo no creo en la economía porque no la entiendo, y ya dijo el clásico que "no entiendo nada que no se pueda dibujar”.

La peseta la dibujaban en concreto los humoristas, gráficos, hecha una braga. Ahora los economistas dibujan la prima de riesgo en abstracto, en unos gráficos primorosos,con rayitas y ángulos que suben y bajan. Pero todo esto no tiene nada que ver con la calle, con la vida, con la gente.

Los taxis no han subido sus tarifas y las putas tampoco, según me dice un amigo que frecuenta el honrado gremio. Un día nos amenazaron con que venía un “viernes negro” una especie de terremoto, y ocurrió que me salió más barato que otros días, pese a cenar en un restauran con invitación a una chorva. Cada vez que se devalúa algo, a mi me sale más barato el alterne y el descorche, lo cual que soy un ciudadano que va en contra de la marcha económica del país, y no sólo en eso, claro. Pero pienso que eso le ocurre también al personal.

Lo de la Bolsa es dogma de fe, que la Bolsa tiene algo de catedral bizantina del dinero, que es la cosa más invisible del mundo, después del Santísimo Sacramento del Altar. En la Bolsa se celebran todos los días unas misas negras por el oro (resplandeciente simetría con los ritos de la Iglesia), pero eso sólo debe afectar a los fieles en lo bueno y en lo malo, a los que cortan el cupón o invierten en el Tesoro, a los que se juegan las joyas y el anillo de la Otra en una operación bursátil. Nosotros, los peatonales debemos seguir nuestro camino, comprar un décimo, hacer la primitiva y la evolucionada, vivir al día como siempre vivieron los españoles, pues los muy listos saben que después de un "viernes negro" siempre viene un sábado con sol.

30 noviembre 2022

RECUERDOS DEL SERVICIO MILITAR, por Román Durán Hernández

RECUERDOS DEL SERVICIO MILITAR, por Román Durán Hernández

A mi amiga Rodoprí

Hace poco estuve en Valladolid recordando la época en la que tuve el honor de servir a la Patria, o más bien sirviéndome de ella.

Mi Servicio Militar fue un tanto divertido. El principio lo tuve en Salamanca, en lo que llamaban el período de instrucción. Me llevaron a la "Mili" un día de carnaval y aunque yo nunca mostré un aprecio por esa fiesta, la diferencia entre el carnaval y la "Mili" era muy grande.

En Salamanca nos metieron, nada más llegar, en un pabellón enorme donde un jefe, posiblemente un Coronel, por su barriga, ya que por estrellas no entiendo, nos leyó el reglamento. Quedamos estupefactos cuando dijo:

Articulo primero: queda terminantemente prohibido pasarse al enemigo. Todos nos mirábamos preguntándonos: oye tú, eres amigo o enemigo, porque lo que es yo, vengo de los carnavales de mi pueblo.

Lo que menos ne gustaba era tener que ir andando a Los Montalvos, donde hacíamos las prácticas de tiro. Me apunté a reconocimiento alegando que me dolía un tobillo y la primera vez coló, pero luego el Capitán Médico me dijo que era cuento y yo era un gandul. Sólo se libraba uno de ir a Los Montalvos apuntándote a las clases de analfabetos. Y allí fui yo.

A ver, Durán, me preguntaba el “profe":

-La m con la o, y yo respondía:

-Moto

-La t con la o, y yo respondía

-To.

-Ahora todo junto:

-Pues amoto.

Un domingo paseando por la carretera de Madrid (entonces era costumbre) aparece Mariano Anaya con el Alférez que me daba las clases. Mariano nos presentó y se descubrió el pastel. El Alférez se portó muy bien. Una vez licenciado me enviaron un diploma por mi aprovechamiento, ya que de analfabeto pasé a saber ecuaciones de segundo grado.

Como era de transmisiones me mandaron a la central telefónica de Capitanía General de Valladolid, en el Estado Mayor, en el palacio de Felipe III, cuando Valladolid fue capital de España.

Lo primero que hice allí fue echarme una "novia", Mari Pili que era la niñera (la rolla se decía entonces) del niño de un Comandante, que me sacaba al Campo Grande unos bocatas de jamón impresionantes, con los que paliaba la comida de Capitanía, verdadera bazofia. Pero sacaba al niño que no nos dejaba querernos, teniéndole que comprar un helado, con lo que se iba parte del bocata.

Yo participaba en las sisas que Mari Pili le hacía a la Señora. Por aquel entonces había en el Mercado El Val un puesto de frutas y verduras regentado por unos señores de Águeda del Caudillo. Hicimos un pacto consistente en que Mari Pili le compra allí todo a la Señora, a cambio de que nos inflara un poco la factura y así poderla invitar al cine.

Íbamos al Cine Pradera, un cine que después se quem6; íbamos a la sesión continua y a la última fila para que al apagarse las luces comenzáramos nuestras particulares batallas. Cuando mis cinco guerrilleros conquistaban un lugar estratégico, un suponer la rodilla, había que emplazarse allí mucho rato, porque si intentabas avanzar más deprisa, venía el contraataque de Mari Pili que se oía en toda la sala. Era muy difícil llegar al cuerpo a cuerpo luego en Las Moreras, donde las parejas iitan a quererse por la noche.

En la central telefónica de Capitanía había una litera donde organizábamos unas partidas de naipes que duraban toda la noche. Como en eso de las cartas yo obtuve la diplomatura en el Café Universal, los enseñé a jugar a casi todo, de manera que cuando se soltaban en un juego, yo les enseñaba otro, teniendo por tanto ventaja.

En Valladolid conocí a Mova que había sido seleccionador nacional de atletismo, primero en Italia y luego en España. Era el preparador físico del Real Valladolid y profesor de E. Física en el Instituto Zorrilla frente a Capitanía. Por mi afición al atletismo me concedió unas clases y con La gratificación que me daba, con las sisas de Mari Pili y lo de las partidas de cartas, la verdad que pasé una “mili" bastante llevadera.

Cuando hace poco fui a Valladolid me senté un rato en un banco del Campo Grande y reflexioné, dejando pasar una película de lo que era el Servicio Militar entonces que jugábamos a la guerra, y lo que es ahora que los soldados se juegan la vida en campañas por todo é1 mundo en esas guerras que hacen siempre los pobres contra los pobres y las ganan siempre los ricos. Al divagar por el confuso campo del recuerdo, sólo una pregunta me venía a la mente: ¿Qué habrá sido de la Mari Pili?

06 octubre 2022

LOS SEÑORES COMISIONADOS, por Román Durán Hernández

LOS SEÑORES COMISIONADOS, por Román Durán Hernández

Aprovechando las dulzuras del verano, coincidiendo por lo menos con ellas, un crecido número de ciudades españolas han enviado a Madrid comisiones para la solución de heterogéneos asuntos. La abundancia de viajeros con misión oficial es tan grande, que obliga a reconocer el prestigio de que aún goza esa vieja manera de perder el tiempo. Así lo ha entendido nuestra ciudad, y la Plataforma de Salud ha querido mostrarnos la transparente psicología de esos microorganismos de vida tan efímera como inútil.

Un día, la Plataforma descubrió que su expansión estaba en la autovía, el hospital… y dijo: manos a la obra.

Algunas cartas cruzadas con el diputado no han tenido una contestación categórica o no han dado el fruto apetecido. Entonces se conviene en alguna sesión solemne la apremiante necesidad de ir a Madrid; se hace una colecta para los gastos. Tres o cuatro señores, radiantes, realizan el sacrificio de meterse en el tren y ponerse en camino para la corte. Se colocan sus levitas de modo fantástico, tanto tiempo en sosiego en la placidez provinciana, y estrechan la mano de las gentes que han acudido a despedirlos. Tienen un gesto decidido y jurarían todos en aquel momento que la felicidad de la Ciudad va entre sus manos pecadoras, y que su empresa tiene una resonancia que la que llevó a unos héroes al inexpugnable jardín de las hespérides.

El jefe de la comisión, generalmente un ex alcalde o un candidato a la alcaldía, no ha creído de más prometer desde la ventanilla del vagón:

¡O traemos el Hospital o me voy para casa!

Desde aquel día los periódicos de la localidad abre una sección nueva: “Nuestra Comisión en Madrid”. Por regla general, el primer telegrama contiene la sensacional noticia de que los expedicionarios llegaron bien y se han hospedado en un buen hotel.

La labor de los comisionados comienza a realizarse, agotadora, al día siguiente. Los comisionados visitan al director general que tiene jurisdicción en el asunto, e incluso al ministro, para el que llevan una recomendación. Algún periódico de Madrid reproduce sus lamentaciones en un suelto que se titula: “Una ciudad en el olvido”; otro, fotografía a los comisionados al visitar la casa de fieras o viendo caer la bola de gobernación.

El ministro, hombre habituado a estas maneras de solicitar, ha tenido la habilidad de aprenderse los nombres de los comisionados y en algún caso los apodos, y en la segunda entrevista los saluda con cierta familiaridad encantadora:

- Hola Ruiz Pérez. Qué tal, señor Pescadero? ¿Gusta Madrid? - Oh, ya lo conocía! Estuve aquí con otra comisión.

Al fin, en la ciudad, donde sus pasos son seguidos ansiosamente, se recibe el último telegrama optimista:

“El ministro ha prometido…” “Los próximos presupuestos…” La ciudad arde de júbilo. Los comisionados emprenden el regreso y, como el Correo llega muy de mañana a la ciudad, se apean en cualquier estación inmediata para entrar en el mixto a media tarde, cuando la apoteosis puede ser más brillante.

Después, el Ayuntamiento le prepara un lunch en Barrigana; se pronuncian discursos, se vacían los sacos de promesas, que no se ven nunca exhaustos. La autovía, el hospital, el matadero… ¡una locura! El presidente, al fin, desmontando sus gafas de oro, dejará sus notas sobre la mesa y limpiará sus lentes diciendo:

- El pueblo dirá, señores, si hemos cumplido nuestro deber. Y más tarde, asomado al balcón de su casa, no podrá resistir a la tentación de recomendar que se disuelvan en orden los grupos que le han acompañado, vitoreándole.

Luego… pasará un año, y en los presupuestos no habrá consignación para el hospital, ni para la autovía, y de todo aquello no quedará más que un número del ABC, cuidadosamente guardado, donde aparece los comisionados en una fotografía borrosa, y el recuerde de Ruiz Pérez o del Pescadero, que recordarán en el casino, después de una partida de mus:

- Pues esta muela me la orifique en Madrid cuando lo de la comisión…

Y pasados dos años, una nueva representación popular saldrá para la corte.

NOTA: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

02 octubre 2022

EL “PASOTISMO” Y LA JUBILACIÓN DE LA TRISTEZA, por Román Durán Hernández

EL “PASOTISMO” Y LA JUBILACIÓN DE LA TRISTEZA, por Román Durán Hernández

He estado unos días en Madrid. Estaba cansado de muchas cosas. De escribir a veces de una manera demasiado solemne. De ponerme triste porque Sócrates fuese el primero que habló de la inmortalidad del alma, tan solo unos instantes antes de la muerte; de que las únicas palabras que Jesucristo escribió las hubiera borrado una pequeña ola y de que Descartes hubiese muerto a los cincuenta y tres años. Entonces decidí irme al Zoo a ver a los animales.

Los hombres no tienen naturaleza. Tienen historia, decía Ortega. Los animales -pensaba yo- no tienen historia. Tienen naturaleza. Y nosotros tenemos nuestra historia, la nuestra y la de los otros, la de los demás, enredándose con la nuestra. Vivimos en medio de un torbellino de historias personales que otros van construyendo a nuestro lado. ¡Qué incómodo es vivir sumido en un revoltijo de historias propias o ajenas, que realizamos o que otros realizan a cuenta nuestra!

Los animales me miraban indiferentes. Como yo a ellos. A mí no me gustan demasiado los animales. Y supongo que ellos me correspondían en la misma medida, negativamente. Cuando empecé a contemplarlos en el Zoo descubrí que me miraban sin verme. No sabían aquello que yo era: acaso una cosa más del paisaje, un trozo de piedra o un vegetal. Yo no les interesaba nada. Porque la naturaleza animal -aparte del sexo y la comida- es el sumo desinterés. El interés consiste en reclamar, en exigir, en buscar algo o robarlo. El hombre vive en una sociedad de intereses encontrados, de exigencias recíprocas –de ahí el código penal-. Todos vivimos entre códigos, cercados de leyes, de preceptos, de prohibiciones, de normas que acotan y señalan las vías admitidas, por las que otros nos dejan caminar.

Por eso me fui al Zoo. Y acerté en ir en la época y en la hora en que los animales se hallaban en su momento de mínimo interés vital. No era uno de los meses de celo, ni la hora de la comida. Y así pudimos vernos. Ellos sin “encontrarme”; yo tratando de encontrar en ellos algo que hace tiempo he perdido: el ejempl0 de su indiferencia.

Paseando llegué a un sitio acotado, donde había un luminoso revoloteo de palomas. Un viejo y un muchacho estaban allí, sentados en un banco, casi envueltos tras aquel revuelo de blancura. Traté de identificarlos. Me di cuenta de que no se conocían. El viejo era, por su aspecto, acaso un reciente jubilado. El joven tenía algo de alegre, de sencillo y de indiferente a la vejez. Quiero decir que era un “pasota”. Me han interesado mucho el fenómeno del “pasotismo” que ha llegado a identificarse con la “epoge” griega. Me atrae poderosamente la figura del que todo le importa tan poco que no quiere comprometerse con los criterios o con las realidades que otros le ofrecen ya elaborados.

El que pasa de las cosas tiene valentía –imperdonable para la sociedad burguesa- de intentar hacer lo que le gusta. Y lo que de verdad le gusta hacer a los jóvenes es… no hacer nada. No tener obligaciones, horarios fijos, relojes con fichas a la entrada de la oficina. El “pasota”, a fuerza de no querer nada, no quiere ni dinero, sólo le importa lo más caro del mundo, lo más peligroso y lo más inalcanzable: la libertad.

Él aspira a ser dueño del tiempo. Amo de la mayor riqueza de la tierra. Propietario inexpropiable de años y días. Para hacer lo que quiera de ellos. Para usar y abusar de sus horas, llenándolas de cosas irrealizables de sueños e ilusiones, o rompiéndolas en la nada. Y resistirse a todas la solicitaciones con que el mundo le cerca para cogerlo en su rueda material en la gran máquina del progreso industrial, como a Charlot en una de las secuencias más geniales de “Tiempos podernos”.

El “pasota” es un jubilado a priori. Está de vuelta de todo a lo que no ha ido nunca. Desprecia una vida que desconoce. Por eso aquel joven hacía una buena pareja con aquel otro “pasota” viejo, de las palomas y de la jubilación. Porque, el que de verdad, está a punto de acabar en gran viaje de su vida se da cuenta de que le han caído en el vacío las mejores horas de sus antiguos y olvidados calendarios. De que la existencia se le ha escapado de las manos como bajo un soplo de viento. Que ha perdido miles de mañanas de sol para pasear por el campo, para inundar su alma de la belleza de la luz de un atardecer junto al mar, para mirar pasar las nubes y, pensando serenamente en Dios, reírse de los que corren detrás de un autobús, de una jefatura de negociado o de una cartera de Ministro. Y allí se encontraban, tan felices, sin hablarse, sin conocerse aquellos dos pasotas. Cercados de palomas que acudían a sus manos, se les subían a los hombros, a la cabeza, atraídas por el encanto de unos granos de maíz.

No he visto, desde hace mucho tiempo, dos seres humanos tan felices como aquellos. Habían tomado lo mejor de la vida. Uno, demasiado tarde. El otro, a su debido tiempo. Pero a los dos se les descubría el júbilo de haberse jubilado de la tristeza. Habían conquistado un tiempo del que no tenían que dar cuenta a nadie. Habían alcanzado la cumbre del señorío humano. No tenían jefes… Tenían… palomas.

Cuando se cansaron, cada uno de ellos se fue por un camino distinto. Al alejarse el joven miró al viejo y le dijo adiós. El viejo le contestó silenciosamente, con una mirada de quien está en el secreto.

Hacía una mañana gris, como de invierno. Unas nubes negras oscurecían el horizonte; mientras, las palomas parecían entristecerse con la marcha de los “pasotas”.

14 septiembre 2022

RELEYENDO A DON MIGUEL – III, por Román Durán Hernández

RELEYENDO A DON MIGUEL – III, por Román Durán Hernández

"Méteme -Padre Eterno- en tu pecho,
Misterioso Hogar.
Dormiré allí, que vengo deshecho
Del duro bregar"

Visto y analizado a través de su obra ingente, compleja y diversa,Unamuno resulta desconcertante. Va a contrapelo de los demás y de sí mismo. En su copiosa y cálida obra poética hallan su expresión

más adecuada, más apasionada y más patética, todas sus preocupaciones, sus teorías, su originalidades religiosas, filosóficas, humanísticas, revolucionarias,estéticas,sociales,ortodoxas y heterodoxas. Cuando a Unamuno le funciona el corazón en poeta, de acuerdo con su gran inteligencia, desposeído de orgullo y de aquel egocentrismo que tantas veces le dominaba, es admirable; en él brota con espontaneidad, veces a pesar suyo, el poeta, el creyente que quiere ser, el desmontador de tópicos, con su afán de reconstruir un mundo más justo, más hermoso y más espiritual.

“El cerebralismo egoísta de una época -dice Papini- corroyó en Unamuno la firmeza nativa de su fe; mejor dicho, de sus varias fes; pero no llegó a destruir los centros del instinto y la pasión, y eso lo convierte en un excelente poeta”. Había dejado de creer en la teología católica y en las pruebas metafísicas, razonables y discutibles de la existencia de Dios; pero creía menos en la dogmática de la, ciencia y el progreso. En este sentido son claras sus palabras declaratorias cuando dice: “Nadie ha logrado convencerme de la existenc0ia de Dios; pero tampoco de su inexistencia. Los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad mayor que la de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos quiero creer en Él, es, porque se me revela por la vía cordial del evangelio y eso es cosa del corazón.

Ese constante unamunizar de Unamuno lo encontramos preferentemente en "Del sentimiento trágico de la vida”, que es la obra que como pensador y filósofo más fama le dio, y la que más comentarios y polémica levantó. Es también la obra de más larga elaboración y de más denso contenido, que supuso un trabajo previo realmente prolijo y abrumador, para acabar la serie de problemas y cuestiones que sucesivamente se le iban acumulando al plan inicial.

Unamuno abandonó su propósito, tan acariciado, de darnos en su “Tratado de amor a Dios" -que tendrá afinidades con el libro de San Francisco de Sales que lleva exactamente el mismo título- la experiencia de su primera conversión. A partir de aquí Unamuno intensifica sus lecturas de autores místicos, ateos, agnósticos, y en particular protestantes, que agudizan su perplejidad y su disconformidad con muchas de sus creencias anteriores. Por los años 1886 a 1891 se engulló a Renan, Senacour, Hegel, Kierkegaard y Lamennais, además de San Pablo y San Agustín, y los grandes poetas ingleses,franceses, alemanes y españoles,que son los que prefiere para apacentar sus dubitaciones incesantes y sus ansias espirituales, con tanto tesón cultivadas.

Unamuno se convierte entonces, en su época más problemática, en que habla de la vida y de la muerte, de la resurrección y de la inmortalidad, de la agonía y de la lucha contra el destino, de la nostalgia de eternidad y del ansia de pervivir, del horror de zambullirse en la aniquilación del no ser y del descenso perpetuo en el regazo de Dios, en definitiva de su continua desesperación de la que saca él la más íntima esperanza, a la que llamó: "La esperanza desesperanzada de vivir”, tratado siempre con un fondo más poemático que filosófico.

Y es que don Miguel no depone nunca su condición vital de poeta, ni de sus ensayos literarios ni de sus disquisiciones filosóficas y teológicas. "La poesía -dice Salcedo, su mejor biógrafo- parece una buena ruta, porque él se siente ante todo poeta. Rubén Dario nos dice que para comprender el dilatado, contradictorio y coherente, múltiple y reiterativo campo de visión de Unamuno habrá que tener en cuenta su constitutiva condición de poeta, que prevalece lo mismo en el artículo ocasional periodístico que en el ensayo más exigente, en la novela de tesis o en el poema y la obra teatral. "Ciertamente -decía R. Dario- Unamuno es amigo de las paradojas, y yo mismo he sido víctima de alguna de ellas, pero es uno de los más notables removedores de ideas que haya hoy, y, según mi modo de ver, un extraordinario poeta"•

Si como yo pienso, don Miguel es un escultor de nieblas, y, si poeta es asomarse a las puertas del misterio y volver de él con una vislumbre de lo desconocido en los ojos, pocos como este vasco meten su alma en lo más hondo del corazón de la vida y de la muerte. Su mística está llena de poesía como la de Novalis.

De "Del sentimiento trágico de la vida" se ha dicho con razón que es uno de los últimos libros románticos españoles; y de Unamuno, que es un romántico con las angustias religiosas románticas del siglo XIX. Y no obstante, Unamuno sigue siendo inclasificable sin poder adscribirlo a un momento histórico determinado, para ser de ayer, de hoy y de siempre, pues será siempre actual por su inquietud permanente y su sed de eternidad. En este sentido "Del sentimiento trágico de la Vida", "El Cristo de Velázquez"; “'San Manuel Bueno Mártir"; y "La vida de Don Quijote y Sancho" son ya obras clásicas, vivas de actualidad permanente, como lo es el eterno problema del hombre ante Dios, ante la vida y la muerte, que tan dramáticamente sintió don Miguel de Unamuno.

Unamuno pervive en sus libros. A través de ellos se cumple el gran deseo de su vejez, aquel que en un breve pero bello poema había dirigido a sus posibles lectores:

"Os llevo conmigo,hermanos,
para poblar mi desierto,
cuando me creáis más muerto,
retemblaré en vuestras manos.

Aquí os dejo mi alma-libro,
hombre-mundo verdadero.
Cuando vibres por entero.
Soy yo, lector, que en tí -vibro”.

05 septiembre 2022

RELEYENDO A DON MIGUEL – II, por Román Durán Hernández

RELEYENDO A DON MIGUEL – II, por Román Durán Hernández

 

 

 

 

"Agranda la puerta ,Padre,
porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños,
yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,
achícame, por piedad,
vuélveme a la edad aquella,
que el vivir era soñar".

Se cumplen 86 años de la muerte de uno de los grandes pensadores que ha dado nuestro país. Don Miguel, como tantos intelectuales, moría del mal de España.

Es muy difícil poder glosar en unos breves artículos la semblanza de un personaje tan múltiple y desconcertante. Y sobre todo libérrimo. No tolera que lo encasillen o clasifiquen. Que le pongan etiquetas. Se irrita incluso cuando lo llaman sabio o intelectual. “Aunque pienso por cuenta propia -decía- no soy ni sabio ni pensador. Soy un sentidor".

Lo que es incuestionable es que en Unamuno prevalece constantemente la preocupaci6n de Dios, el ansia de creer, el desconsuelo de descreer, la ardiente necesidad de la pervivencia, de la inmortalidad.

Mucho se ha escrito sobre la creencia y descreencia, sobre su ateísmo cerebral y su profunda y sincera inquietud religiosa, sobre su racionalismo desolador y su ardiente ansia de inmortalidad. Toda su obra está penetrada de un vivo y dramático anhelo de inmortalidad, de pervivencia. Se puede hablar de heterodoxia, a ratos, de Unamuno; pero habría que hablar siempre de su profunda y a tormenda religiosidad, de su sentido ético de la vida, de su rectitud y de su honradez, reconocida por cuantos lo trataron y por los testimonios frecuentes de sus escritos públicos y privados.

Se dice de é que cree, que descree, que contracree; que pasa de las afirmaciones más radiantes a las negaciones más atroces. Y es porque: hay en él una serie de Unamunos sucesivos, sinceros, complicados, incómodos, doloridos, exaltados, creyentes, que hablan por él, cada uno desde su ángulo de visión.

Se ha dicho de Unamuno que era pascaliano, y es verdad, porque si Pascal dijo aquello de que “el corazón tiene razones que la propia razón desconoce”, él, en repetidas ocasiones abomina de lo racional y se atiene a lo que le sale del corazón, que es, en definitiva, donde él encuentra el consuelo de un Dios que está necesitando y de una verdad que busca y que se le niega por la vía áspera de la razón desnuda. Porque Unamuno es, en sus mejores momentos, un ”cordialista” pascaliano, de fuerte tendencia paulina y agustiniana. Por eso, descansa y halla paz en la lectura de Santa Teresa, de Fray Luis y de San Juan de la Cruz.

Del corazón le brotan sus mejores razones e intuiciones y corazonadas magníficas, hasta que de nuevo le traiciona, no la fe, sino el orgullo, el espíritu de contradicción, que él mismo confiesa que le domina a ratos. “Sólo vivimos -dice en “Del sentimiento trágico de la vida"- de contradicciones y por ellas; como que la vida es tragedia y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperan za de ella; es contradicción".

Según el Padre Félix García -un dominico muy estudioso de Unamuno- lo que le falta a don Miguel es humildad, entrega , y él lo sabía muy bien. Pero estaba poseído de sí mismo y no renuncia a su engreimiento y a su postura beligerante con Dios y ante la razón y la vida.

En el fondo de su corazón y de su pensamiento, aun en las crisis de sus más profundas negaciones, siente una prevención anhelante de Dios. “'Lo que sucede -dice el Padre Dominico- es que no da un margen de confianza, de crédito suficiente a Dios; y le apremia, pero con orgullo; quiere polemizar con ÉL (léase Niebla) y hacerlo a su imagen y semejanza”. Dialoga con Él y le arguye, corno Job; pero no se le rinde como Job, que reconoce y acata sus designios secretos. Unamuno quiere que Dios tenga razón, pero quiere que la tenga porque se la da él, Miguel de Unamuno.

Lo dice claramente en un desconsolador y re velador artículo, que titula “Sobre sí mismo, pequeño ensayo cínico", en el que define bien su actitud “¿Que tengo el defecto -dice- de producir juicios demasiado excesivos? ¡Como que por eso parecen contradictorios! Dudo que haya un pensador más inclusivo que yo. Lo que pasa es que siento con tanta fuerza la verdad de cada extremo, que cuando expongo uno de ellos rechazo toda concesión al otro. De ahí que se produzca esa especial figura retórica -y no más que retórica- que llaman paradoja. Y yo, ya se sabe, soy, porque así me clasifican, un paradojista".

Creo que nadie mejor que el mismo Unamuno nos da pie, con sus textos, para reflexionar sobre los diversos Unamunos que es posible ir captando a través de sus obras. Él se afirma repetidas veces en una posición más antropológica que teológica, más poética que filosófica. Se revuelve contra los que le tildan de cerebral.

"¿Cerebral yo? ¡Si vieran lo que me molesta hasta físicamente el corazón! Acaso mi corazón esté en el cerebro. Yo mismo he inventado para los médicos amigos, que hablan de mis aprensiones, lo de la disnea cerebral, y suelo decirles: a veces siento que el corazón me oprime el cerebro. ¡Si supiera lo que ese yo me pesa, lo que ese yo me duele, lo que ese yo me atormenta!".

(I)

22 agosto 2022

RELEYENDO A DON MIGUEL – I, por Román Durán Hernández

RELEYENDO A DON MIGUEL – I, por Román Durán Hernández

Retornar a Unamuno es remontar una corriente clara, torrente a veces, pero con cada una de sus gotas atravesada. de luz. Aunque hacía tiempo que no lo leía, mantenía dentro de mí su tremendo y vivo resplandor, el centelleo de su hoguera española. Me era posible citarlo de memoria, sacar a plaza sus frases y sus agudezas, percibir incluso una parte de mis pensamientos y actitudes a él le han sido debidas.

No acabo de entender el semiolvido en el que ahora se le tiene, precisamente cuando muchas de sus ansiedades, intuiciones y zozobras se agitan, en carne viva, sobre el dolorido cuerpo de España. Es muy difícil referirse a sus ideas y paradojas, sin tener en cuenta su brillante y paradigmática naturaleza ibérica. Este bilbaino, vascongado enterizo de arriba abajo, sería durante medio siglo un testimonio y una bandera de las angustias y las presunciones del más elevado y conmovido espíritu español.

Don Miguel no se concedió jamás tregua alguna. No era hombre nacido para la quietud y la transigencia. Vivía en un desgarramiento perpetuo, persiguiendo a Dios dentro de sí en busca de una respuesta a su sediento anhelo de inmortalidad. La aspiraci6n a la inmortalidad se ceñía, en él, a formas muy concretas, a una perennidad en carne y hueso, a la pervivencia -en un futuro más allá de las edades- del Miguel trémulo y cavilante, bilbaino y español, autor de libros y padre de familia, para quien la existencia era una predeterminación de la eternidad hacia adelante, una peleada voluntad de cerrar el paso al absurdo de la muerte en su significaci6n más negativa.

Le exasperaba el horror de pensar en la consumación de su existencia. Y de ahí su tremenda batalla de cada instante para tropezar con una razón convincente, que le sacara. de la agonía de sus enardecimientos y de sus desesperaciones. Su descubrimiento de la obra de Kierkegaad fue, por ello, algo semejante al hallazgo de una carta de ruta. Imaginó haber encontrado un alma, una sensibilidad gemela, un precursor en su pelea por el agujero de luz en la oscuridad.

El "Sentimiento trágico de la vida" fue concebido como una Biblia, o mejor, como una "Summa” de la angustia, de su angustia, de la angustia personal del hombre Miguel, enfrentándose solo, en denodada soledad, con el orbe obsesivo de las dramáticas exigencias de arrancar una respuesta de hombre a las patéticas interrogantes de la ansiedad humana.

En eso tienen razón los existencialistas, en reclamarlo como su precursor en compañía de Kierkeeaard. Al subjetivismo dramático, al egocéntrico enriscamiento del hombre Miguel de Unamuno, soñador de su carnal eternidad, no le encuentro una mejor calificación que la de "miguelista", con su apetito de recrear en una especie de inmortalidad cotidiana -tratándose de Unamuno valen todas las paradojas- construida a base de los particularismos de su individualidad.

La lectura de sus ensayos y artículos recogidos en el libro titulado "De mi vida", nos ayuda a dilucidar las convergentes rutas del “miguelismo”. Las impresiones de su niñez y juventud apuntalan la idea de un Unamuno consecuente consigo mismo, que es lo que a él le importaba, y tesonero, en contra de las imputaciones de cambiante y caprichoso, que le propinaron quienes fueron incapaces de entender el hondo y duro drama que significó mantenerse fiel a sus constantes acosos y angustias.

Conservarse leal a las primeras acometidas e inquietudes del espíritu, a las iniciales inquisiciones de identidad, fue una de las unamunescas razones de marcha. Que le asaltaran, en el camino, la poesía o la filosofía, era para él cuestiones de sencillo encarecimiento. Con ambas se enfrentaba, partiendo del hond6n de su ªmiguelismomo". No supo ni quiso poetiza de otra forma. Hasta cuando se sumerge en la poesía religiosa o se acerca a la civil, siempre es Miguel, el forcejeador don Miguel quien avanza.

Esta. fe en la realidad subjetiva, le empuj6 a ideas muy específicas, a combates muy esclarecedores con sus criaturas, en cuanto a la creación literaria se refiere. Siempre imaginó el proceso creador como una encrespada agonía, como una vital y fecundadora beligerancia.

Pero eso será cuestión de otro comentario.

(II)

18 agosto 2022

LOS PARLAMENTARIOS, por Román Durán Hernández

LOS PARLAMENTARIOS, por Román Durán Hernández

El otro día estaba tan aburrido que puse la televisión y había un debate de no sé qué, creo que sobre los presupuestos. Durante mucho rato estuve extrañadísimo al observar que la televisión no enfocaba la panorámica general, sino solamente el orador de turno, hasta que una vez, no sé si por equivocación, nos presentaron el sillamen del Parlamento casi vacío. No sabíamos el por qué, pero al día siguiente la prensa señalaba que en el Congreso había trece diputados, frente a veintidós ujieres. Así las cosas, pienso yo, las riendas de la política deberían tomarla los ujieres.

Tenemos unos parlamentarios pantalonazos, unos señores que van poco por el hemiciclo, o sólo van por poner un fax a una tía suya de Lugo, que es su cumpleaños. Tenemos unos parlamentarios que no es que parlamente, es que ni siquiera van por el Congreso, que como ya digo, el susodicho día eran trece. Y es que la política, una especie de monopolio de los políticos consigo mismo, aburre a las culebras. La última reserva espiritual que nos queda son los ujieres de San Jerónimo, que esos sí asiste a todas las sesiones, están siempre de servicio y se saben de memoria la Constitución y el Código a fuerza de oírlo.

Entonces ¿por qué no retirarse todos de la cosa pública, y confiar el destino de la nación a los ujieres? Ellos sí que harían unos buenos parlamentarios, con las cosas que saben de aquella Casa. Ellos se mueren de ganas de hablar, que lleven toda una vida escuchando y nadie les pregunta nada ni en el Congreso ni en los pasillos.

Del mismo modo que el que más sabe de toros es el monosabio y el que riega la plaza, porque viene viendo corridas desde Manolete, el que más sabe de política es el ujier de la coleta, que viene oyendo mentiras desde siempre. Está claro que ni la izquierda ni la derecha va a arreglar el paro, el dinero negro o la corrupción. Está claro asimismo que tenemos una clase política mediocre, sislera y que no sabe el reglamento. Los únicos hombre de la política nacional que cumplen con su horario, acuden puntuales con el vaso de agua y no se pierden sesión, son los ujieres. Me parece el momento de entregarles a ellos el gobierno de la república coronada. Ellos sí son pueblo y cumplen más puntuales que los grandes y pequeños diputados. Algunos ujieres tienen empaque de Ministro del Interior y llevan encima un siglo de retórica parlamentaria. Que les den un escaño.

El país está muy mal y hasta algunos bancos van a la quiebra, los partidos son trincones y los oradores no saben la gramática. Antaño, cuando España entraba en crisis se llamaba a Pavía, a los generales levantisco y románticos, a Prim, se promovía el abrazo de Alcolea.

Yo creo que ahora, en vez de llamar a los militares, que luego se quedan, es mejor llamar a los ujieres, que no son tan bruscos, sino los profesionales “otros” de la política, y entre los que hay algunos ilustrados con coleta y otros que ya le servían el vaso de agua a Don Esteban Bilbao, cuando España era diferente. España está tan jodida como para echársela a los ujieres.

27 julio 2022

EL ESPAÑOL Y LAS NIÑAS, por Román Durán Hernández


EL ESPAÑOL Y LAS NIÑAS
, por Román Durán Hernández

La última generación española oficialmente putañera fue la de la guerra, en ambos bandos. Luego desapareció el noble uso, e incluso desaparecieron las meretrices clásicas y barrocas, para transfigurarse en chicas de alterne, chicas de barra, señoritas de “strip-tease” “taxi girls” o masajistas tailandesas de provincias.

Pero las casas de lenocinio como conventos no han vuelto a ser lo que eran. Las señoritas putas, allí, hacían una vida de reclusas de alguna devoción, tenían horas, ritos, sus juegos comunes e inocentes, y eran como unas niñas atroces abandonadas en el hospicio del lupanar por sus hijas de once años, que estaban de internas y burguesas, haciéndose unas damas, en las jesuitinas o las pastorinas.

En los años 50, la Unesco le dijo a Franco al oído que un Estado confesional no podía estar cobrando impuestos de las putas, y entonces se sellaron las mancebías y a todas las chicas se las puso a fregar la Renfe. La que no quería fregar la Renfe, se lo montó a su aire y por su cuenta, con más libertad y beneficios que antes, menos higiene y mucho plexiglás. La meretriz cobró su último prestigio cuando Sartre la definió como “respetuosa”. Respetuosa con los valores feudales que la aherrojan, claro. Pero hoy sólo se lee a Sartre en bolsillo y ser puta, que fue mucho, ya no es nada.

El español ha practicado y mantenido, desde la Edad Feudal por lo menos, el culto y la superstición de la zorra, el irracionalismo de la puta, que es la mujer que guarda los secretos antiguos y los misterios gozosos del sexo. Parecía que las meretrices sabían más que las demás, pero luego todo era una decepción de afanes fingidos, de misterios gloriosos que no llegaban a otra Gloria que la del techo sórdido de la tristeza. La verdad femenina universal es que la española decente, o que no cobra (al menos en el acto), la casada de Fray Luis y toda la cofradía de la pierna quebrada son lujuriosas como ermitañas, de Melibea a Madame Bobary.

Lo que pasa es que hay que darle ocasión, oportunidad, cancha sexual, y el matrimonio no es precisamente una cancha, sino un largo pasillo como un intestino, que lleva a la cocina. En cuanto a la santa esposa (generalizo y no hablo de excepciones), se convierte en amante, sus ignorancias desganadas se truecan en sabidurías. El erotismo, pues, no es histórico y cultural, sino inmanente y natural. No hay más que soltar a la fiera. Pero el español, naturalmente, no quiere fundar una familia sobre una fiera, y entonces ha decidido que la esposa es la tonta y la otra es la lista.

Todas las mujeres son listas, hermanos, cuando le divierte la asignatura. El mito egipcio y como oriental de la puta, no tiene mayor realidad que otros mitos. Putas de San Martín y Santa Clara, en Valladolid; putas platerescas de Salamanca; putas madrileñas de la Gran Vía años veinte, todas hijas de notario, según ellas, o de ese triángulo mortal de las Bermudas que hacen las calles Barco, Ballesta, Desengaño, pardillas de hoy mismo que van del pueblo directamente a la Capi, por poco dinero, estando recientes y candeales, como aquellas del seiscientos, en los primeros años del Garrido de Salamanca, en los que uno se podía ir a “cortar el pelo” por la tarifa más gasolina.

Parece que Cela se sabía todas las tarifas madrileñas de antes de la guerra. Según él, otros académicos también, solo que Cela lo dice. Señoritas de ahora mismo, falsas turistas nórdicas, muy rubias, mujeres jóvenes en general, que van en el Metro desde el cinturón de la miseria, se agarran unos miles y vuelven al barrio, de novia pobre. Todas entre la droga y la necesidad.

El oficio ha perdido su magia y cuando un oficio pierde su magia es que va a perder todo lo demás. Esa obscenidad de los nuevos planes educativos, con educación sexual incorporada, está matando de hambre a las antiguas y faldicortas meretrices. La magia de la meretriz ha pasado al travestí, qu es el sexo enigma, porque la meretriz ha perdido ya todo enigmatismo. Las putas vivían de lo sagrado del oficio. Eran una lengua muerta, como el latín. Hoy se estudia mucho menos el latín y se va menos de “niñas”. Las “niñas” eran la pena y la gloria al mismo tiempo. Ahora que las venéreas se curan, la gloria sin pena ha perdido grandeza y enigma. Sí, hemos racionalizado el último irracionalismo, el sexo, y tenemos que hablar de La Pantoja o de Irak con la amante progre. Las “niñas” solariegas no sabían por dónde cae Irak.

Sólo en provincia sigue funcionando un poco el irracionalismo del sexo y las meretrices tienen un fornifollar nada autonómico. Con ellas, España sigue siendo una, grande y libre. Las meretrices europeas tienen un espejo retrovisor en el balcón (según contaba Cela), un gran retrovisor como un camión Pegaso, para ver el material que viene por la calle, y esconderse o exhibirse, según su fina intuición de putas, que no falla, porque es una intuición de siglos.

El misterio de la puta ha sido sustituido por el misterio de los travestís porque el sexo no puede vivir sin enigma. Se prefiere la ambigüedad fin de siglo, a la mera zoología. El travestí ha heredado lo sacratísimo de la puta. No ha cambiado el feligrés, sino que ha cambiado el culto. Hoy se explota la fascinación de alguna famosa, porque algo hay que añadir al afán reproductor. Las putas han dejado de ser honradas.

UN HECHO PARA PRONOSTICAR, por

UN HECHO PARA PRONOSTICAR, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo UN HECHO PARA PR...