con trechos de entusiasmo y decepciones
que pugnan entre sí con la razón,
por ser el cielo abierto que te espera.
No estás anochecido, pero casi,
y ves correr el agua redentora
camino de sí misma, así que adórala
como si fuera de cristal sonoro,
y en cuyo pedestal de estatua líquida
se hallaran las respuestas necesarias
para entender la vida y compartirla.
Sácanos de este fuego abrasador
que sembrará a agosto por doquiera
de humo funeral y desperdicios,
de ayes irredentos que ennegrecen
de llanto la alborada, y enlutecen
a la fertilidad de aquestos sotos,
abundosos antaño y hoy estériles
por causa de la infame cobardía,
actúan con instinto de deicidas.
¿Hay algo más aterrador
que ser persona libre y convertirse
de pronto en criminales asesinos
del bienaventurado bosque?
Perdón, perdón, perdón:
porque con su capacidad
de regeneración y de bautismo,
el agua nos da nombre y nos rescata.














