EL 23F, SÍ, YO ESTABA ALLÍ, por Juan de Dios Ramírez-Heredia Montoya - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo
EL 23F, SÍ, YO ESTABA ALLÍ, por Juan de Dios Ramírez-Heredia MontoyaHan
pasado 45 años desde aquella terrible tarde del 23 de febrero de 1981
en que entrara en el Congreso de los Diputados, pistola en mano y
seguido de 200 guardias civiles, el teniente coronel Antonio Tejero.
Tantos años sitúa el acontecimiento muy lejos ya de la memoria
colectiva. Ni siquiera tres de mis seis hijos, que ya habían nacido,
pueden recordar nada porque eran muy pequeños. Solamente la gente que
hoy cuenta con más de 50 años puede tener la capacidad personal
necesaria para opinar con conocimiento de lo que ocurrió aquella lúgubre
tarde en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo. Pero yo, que sí
estaba allí, puedo revivir en mis recuerdos, como transcurrieron las 18
horas que estuvimos secuestrados, pegados a los incomodos y duros
escaños de entonces, hasta que, por fin, pudimos abandonar el Congreso.
La
mayor parte de los ciudadanos de hoy en día tienen un conocimiento,
hasta cierto punto novelado, de lo que pasó entonces. Por eso, cuando
sale la conversación me suelen preguntar con cierto estupor.
― Pero ¿usted estaba allí dentro?
Y
cuando digo que sí, que yo viví intensamente junto al resto de los
diputados, aquel triste y peligroso acontecimiento, es natural que
muchas personas digan: ¡cuéntanos, cuéntanos como fue!
Hoy
permítanme que recuerde, una vez más, algunas vivencias absolutamente
personales, al margen del análisis político que merece haber estado en
el ojo del huracán cuando la tormenta amenazaba con llevar a este país a
un baño de sangre, muerte y destrucción al que los españoles, por lo
visto, somos tan aficionados a repetir cada cierto tiempo.
¡¡Todo el mundo al suelo!!
Las
imágenes las conocemos. TVE dejó conectada una de sus cámaras y gracias
a esto el mundo entero pudo ver como el militar golpista subía la
escalinata de la tribuna de los oradores, con el revólver desenfundado.
En ese momento el general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez,
se levantó de su escaño para interrogar a Tejero sobre lo que estaba
pasando, ordenándole que depusiera las armas. Fue, posiblemente, el
momento de mayor peligro y, desde luego en el que yo me sentí más
desconcertado. Un grupo de miserables guardias agredieron al General
Gutierrez Mellado, de 69 años, intentando derribarle. Cosa que no
lograron. Y en ese dramático momento fue cuando Tejero pronunció la
conocida orden: “¡Todo el mundo al suelo!” Y empezó a descargar
su revolver disparando no sabíamos contra quien. Esta acción animó a
otros guardias, estratégicamente situados a secundar a su jefe golpista
disparando sus armas automáticas. ¡Al suelo, al suelo! Y todos nosotros,
sin saber aún que estaba pasando, nos arrojamos a un suelo que
difícilmente podía acogernos.
Lo
he contado en más de una ocasión. Hoy los Diputados gozan de unas
comodidades que nosotros no teníamos en aquella época. Entre otras,
espacio para aprovechar el tiempo mientras transcurren las horas de
desarrollo de los Plenos. No teníamos escaño propiamente dicho. Lo que
había era unos bancos de asiento continuo que adoptaban la forma del
hemiciclo. De tal forma que ni siquiera había espacio para que no
chocaran nuestras rodillas con el respaldar de los bancos de la fila
delantera. Y, por supuesto, nadie podía salir de su asiento sin obligar a
levantarse a los vecinos para dejar paso. En estas condiciones, pues,
¿cómo podíamos cumplir con la orden conminatoria de “¡todo el mundo al suelo!”, si no había suelo?
Amontonados, unos encima de otros
Así
fue. Caímos como las fichas del Dominó que puestas verticalmente, se
amontonan unas sobre otras cuando alguien empuja la primera de la fila. A
mi derecha se sentaba mi amigo y compañero José Antonio Amate. Ambos éramos Diputados por Almería
y en aquella agobiante estrechez mi mejilla derecha cayó
irremediablemente sobre una de sus nalgas (vamos, dicho vulgarmente
culo). Fueron momentos dramáticos porque no sabía en qué momento una de
aquellas balas podría entrarme por la espalda. Por cierto, y así se lo
dije a mi compañero almeriense, nunca pensé que el trasero de un hombre
estuviera tan duro.
Estuvimos
en aquella posición unos minutos que se hicieron eternos, hasta que,
por fin, nos autorizaron a ocupar nuestros asientos. Tres personas no se
tiraron al suelo ni obedecieron las órdenes de Tejero. Fueron el Presidente Suarez y el líder comunista Santiago Carrillo.
Sin embargo casi nadie dice que otro diputado permaneció sentado, sin
inmutarse y con una evidente expresión de complacencia. Estaba en la
última fila del hemiciclo y yo lo tenía perfectamente enfilado. Se
trataba de Blas Piñar, el líder de Fuerza Nueva, la formación ultraderechista heredera de las esencias del franquismo.
Cuando la angustia te atenaza el alma
Otro
de los momentos duro e inquietante fue cuando los guardias sacaron del
salón de Plenos al presidente del gobierno. Seguidamente se llevaron a Felipe González, a Alfonso Guerra, al ministro de Defensa, Agustín Rodriguez Sahagún y al general Gutiérrez Mellado.
Puede parecer una exageración, pero situados en el momento preciso en
que se dio el golpe, más de uno de nosotros imaginó que los golpistas se
habían llevado del edificio del Congreso a aquellos líderes para
hacerlos desaparecer de forma definitiva. Y un escalofrío me sacudió por
todo el cuerpo. Los diputados vascos se sentaban relativamente cerca de
mi escaño por lo que supe que un guardia civil se acercó a ellos y les
dijo: “Ya nos hemos llevado a los cabecillas. Primero ellos y luego vosotros.”
Durante las primeras horas de incertidumbre no podía dejar de pensar en mis hijos. Tan pequeños, tan inocentes…
Prender fuego al hemiciclo con todos nosotros dentro
La orden la dio tajantemente el coronel golpista: “¡Guardias, pónganse en las puertas del hemiciclo y si alguien se les acerca, al primer roce abran fuego”.
En la mente enferma de aquel energúmeno estaba impedir que ninguno de
nosotros intentara salir del salón. Cosa que hubiéramos hecho si se
hubiera consumado su terrible amenaza.
Alguien
debió advertirle de que en exterior del Congreso se estaban organizando
grupos de policías, guardias civiles y militares contrarios al golpe y
que se disponían a librarnos del secuestro a que estábamos sometidos. En
algún momento los focos de luces de la sala parpadearon lo que pareció
un síntoma de que desde fuera podrían cortar la luz. A lo que Tejero
ordenó que se extrajera la paja seca del interior de las sillas que
utilizan las estenotipistas y la colocaran sobre la mesa central que hay
frente a la tribuna. Y ordenó que se le prendería fuego si fallaba la
luz eléctrica.
¿Imaginan
qué masacre se habría producido? ¿El interior del Salón de Plenos
ardiendo como una yesca con nosotros dentro intentando huir de las
llamas, mientras los guardias hacían escupir fuego con sus metralletas a
quienes llegásemos a las puertas? Gracias a Dios alguien debió advertir
del peligro que corríamos y las fuerzas que se preparaban para
liberarnos optaron por no cortar la luz eléctrica.
Lo que pasaba en los lavabos
Tantas
horas sentados nos impulsaban a levantarnos aunque solo fuera para
estirar las piernas. Pero los guardias no nos dejaban. Como tampoco
permitían que hablásemos entre nosotros. Solo nos quedaba la salida de
pedir permiso para ir a los lavabos. El guardia que controlaba el sector
donde yo estaba era quien autorizaba, uno a uno, el abandono del Salón
para ir al servicio más cercano. Sobre las cinco de la madrugada le pedí
permiso. Me dijo que me esperara y me lo dio como una media hora
después. Más tarde supe de dos Diputados que no pudieron aguantar tanto
tiempo se orinaron en los pantalones. Pobrecillos. Ya no están entre
nosotros.
Así
que, por fin, pude ir al servicio y me encontré con la siguiente
escena. En la puerta había un guardia y en el interior del lavabo otro
con la metralleta en posición de disparo. Imaginen que duro es abrirte
la bragueta sabiendo que detrás de ti hay un tío que te está apuntando
con un arma. Simultáneamente hacíamos uso de los mingitorios cuatro o
cinco personas. Y en aquel momento estaba orinando mi entrañable amigo Rafael Escuredo Rodriguez
que fue presidente de la Junta de Ansalucía y con quien compartí tantas
inquietudes e ilusiones por lograr que Andalucía dejara de ser la
Cenicienta de España. Fui testigo de este diálogo.
―
Oiga guardia ―dijo Rafel al militar que tenía detrás de sí― ¿Por qué
están ustedes haciendo esta barbaridad? Están ustedes violentando la
voluntad del pueblo. Ustedes que sois pueblo. ¿Cómo podéis atacar a
vuestra propia gente?
― Por favor, Don Rafael. Cállese, cállese, que me busca usted una ruina.
Yo
había terminado de orinar pero no me moví del sitio. Quería ver como
terminaba aquello porque Rafael, envalentonado, continuó diciendo.
―
Pues márchense. Ustedes habéis venido aquí engañados ¿verdad? ¿Queréis
que España vuelva a sufrir una guerra como la que padecieron tus padres y
los míos?
Al
guardia le temblaban las manos. Yo tenía clavada la mirada en la
metralleta que apuntaba a Rafael. Y en ese momento, gracias a Dios, el
guardia de la puerta del lavabo que oyó las voces del interior entró
decidido y nos conminó a salir.
―
¡Ea, se acabó! ¡Todo el mundo fuera! Aquí no se mea más. Cada uno a su
asiento y en silencio. ¿Entendido? Y si no, ésta se mueve. ―dijo
mientras balanceaba amenazadoramente su metralleta.
Y nos fuimos a nuestros escaños donde siguieron pasando cosas que contaré otro día porque, una vez más, se me acabó el espacio.