A VUELTAS CON LA ESPIRITUALIDAD, por José Luis Puerto - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo
A VUELTAS CON LA ESPIRITUALIDAD, por José Luis Puerto Me
gusta escuchar la radio de madrugada. En no pocas ocasiones, se trata
de una escucha de lo sorprendente, de todo aquello que no se emite
durante el día. Es como si la noche amparara el misterio, lo que
está más allá y nos devolviera esas zonas, que también nos
pertenecen y que parece que se nos escapan.
Uno
de los asertos que escuchaba una de estas noches últimas me llamó
poderosamente la atención, porque conecta con algunas de mis
preocupaciones. Y me llevaba, sí, al territorio de la
espiritualidad, tan en descrédito en este tiempo de tantos
materialismos y perspectivas pragmáticas.
La
espiritualidad del ser humano –decía, siguiendo alguna corriente
oriental, acaso mística, pero, en el fondo meditativa– se mide por
la relación que tiene con los animales. Y enseguida sentí y pensé:
y sobre todo con los demás seres humanos.
Y
me llevó tal aserto, claro, al franciscanismo. Tan vigente siempre,
por fortuna, aunque sea entre minorías atentas de seres humanos.
Pero me llevó también a la propuesta de la siempre lúcida Susan
Sontag: cada época debe definir qué entiende por espiritualidad.
En
la nuestra, desde varias direcciones, se está tratando de aquilatar,
de definir, de concretar qué entendemos por espiritualidad. Una de
tales direcciones proviene de la literatura, de cierta literatura.
Y,
aquí, me dejo guiar, me dejo llevar de la mano del venezolano Juan
Liscano, que ha indagado, acaso como pocos en nuestro idioma, sobre
las relaciones entre espiritualidad y literatura.
Dice
él que vivimos en un momento en que se está desplomando –desde
hace ya más de un siglo, en el fondo– el orden religioso del
mundo. Y, como el campo de la literatura es el alma, hay que buscar
en ella esos elementos de espiritualidad que el ser humano alberga.
Tres
serían –indica– las grandes aspiraciones de la literatura, entre
otras muchas: servir de intermediaria entre un más allá y un más
acá (y de aquí nacería la experiencia de la gracia); crear mitos o
realizaciones simbólicas de arquetipos (y aquí nos encontraríamos
con la afirmación de lo espiritual y arquetipal); y, en fin,
provocar revulsiones y revoluciones para despojar de sus máscaras al
individuo y a la sociedad (y aquí nos encontraríamos, ay, con el
nihilismo y hasta con la náusea).
Pero
la literatura ahonda en la pluralidad, mientras que la espiritualidad
anhela siempre la unidad. Pero la literatura se cumple en lo verbal y
la espiritualidad en el silencio… Cuántos dualismos…
Pero,
a través de ellos y conciliándolos en lo posible, hemos de seguir
el itinerario, nuestro itinerario, en pos de esa tarea planteada por
Susan Sontag: qué podemos entender hoy por espiritualidad.
Sea
lo que sea, sentimos que a la espiritualidad solo puede llegarse, hoy
y acaso siempre, por las vías de la fraternidad y del amor…
Y,
aquí y para continuar nuestro itinerario, así como para invitar a
todos a realizar el suyo, nos aparece otra recomendación: ese autor
argentino, para nosotros ‘mítico’, que fuera Héctor A. Murena y
su libro, muy recomendable, de ‘La metáfora y lo sagrado’
(1973), un pensamiento tocado por la gracia.
O,
si queremos, también, podemos acudir a ‘El hombre y lo sagrado’
(1939) del no menos ‘mítico’ escritor francés Roger Caillois,
siempre en unas derivas que se salen de lo trillado y, por ello, tan
fascinantes.
Y,
aquí, por un mecanismo especular, nos surge también el muy
recomendable ‘El hombre y lo divino’ (1955), de nuestra María
Zambrano.