TROPEZAMOS EN LA MISMA PIEDRA, por José Luis Puerto
Verano tras verano, parecemos tener una misma condena: los incendios. No ocurren porque sí. Toda una serie de causas, complejas, los desencadenan. Pueden enunciarse algunas de las que están ahí, más allá de cualquier negacionismo interesado y, a la postre, suicida.
El abandono del mundo rural, la desatención de la naturaleza y de todo el espacio natural del territorio, cuando, sin embargo, de los recursos de tal espacio tratan de aprovecharse intereses económicos de distintos tipos (llámense las aguas, los minerales, las tierras raras, los recursos mineros… y otras cosas por el estilo.
Tal desatención de la naturaleza implica la desatención de los bosques, de los amplísimos espacios de matorrales, que, secos, se convierten en pura yesca o mecha, que prende por cualquier circunstancia, por nimia que sea.
Pero, si los bosques estuvieran bien atendidos y ordenados todo el año (ese repetido ‘dictum’ de que los incendios se apagan en invierno), aún no sería, creemos, una solución suficiente para evitar los incendios.
Un mantenimiento natural del orden del espacio rural se producía cuando el mundo rural estaba poblado, pues la diversidad de actividades agrícolas y ganaderas ordenaba el territorio. Los rebaños recorrían los montes y los limpiaban; era una actividad social y, al tiempo, ocupacional y económica.
Hay otro problema, de fondo, que es el que está produciendo toda esta situación. Es el del abuso humano; el del consumo desaforado; el de los viajes por tierra, mar y aire hacia todos los confines del planeta; el de una proliferación cancerosa de apartamentos turísticos por doquier; el de un abuso sin conciencia y sin escrúpulo alguno de todos los recursos del planeta: el agua, las energías y todo lo demás; el de industrias contaminantes que exigen una cuantía inmensa de recursos (también las digitales y la digitalización)…
Ese problema de fondo es el que no solo ha llevado al calentamiento global de la Tierra, sino el que está promocionando un modo de vida insostenible, marcado por el hedonismo de quienes lo disfruta y por el sufrimiento de quienes lo padecen; un modo de vida que está condenando a nuestro planeta y a la vida en él a una asfixia y a una muerte lenta pero, hasta hoy, imparable.
Si a todo ello sumamos ideologías negacionistas que, encima, administran el poder en comunidades autónomas y que recortan y hasta anulan los recursos que tendrían que estar destinados a la conservación del territorio y a la prevención de catástrofes como los incendios, tenemos ya el cóctel completo.
Tales posiciones no estaban preocupadas, porque, al fin y al cabo, los incendios les quedaban muy lejos, era cosa de un país rural desatendido y en el que daba igual lo que pasara.
Pero es que, este verano, los incendios se han desatado cercando a Madrid, en zonas muy pobladas, lo cual es un aviso de que nada tienen que ver con lejanías tranquilizantes.
En ese pacto social por la preservación del territorio, tienen que estar las administraciones, con posturas coherentes, la ciudadanía y la sociedad toda, que tendrá que renunciar a no pocos de los hedonismos insostenibles, que hemos convertido en rutina y a los que una gran parte no renunciaría por nada, para que se abriera una andadura racional en pro de erradicar una amenaza que no nos va a abandonar: en verano, con los incendios, y en el resto del año (como nos ha ocurrido en este pasado inmediato) con ‘danas’, lluvias torrenciales destructoras y otras calamidades.
De nosotros, de todos, depende.
