SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXXI). QUIÉNES SON LOS ANÓNIMOS REDACTORES DE WIKIPEDIA: EL CASO DE ROBLEDA, por Ángel Iglesias Ovejero - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo
SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXXI). QUIÉNES SON LOS ANÓNIMOS REDACTORES DE WIKIPEDIA: EL CASO DE ROBLEDA, por Ángel Iglesias Ovejero
El tiempo se nos ha echado
encima, y tenemos que regresar a nuestro hogar en Francia, donde
tenemos familia, amigos y vecinos apreciados, como en España, pero a
no ser con la imaginación, no se puede estar en todas partes ni
disfrutar de la caraba natal y foránea al mismo tiempo. Allí
echaremos de menos la luz, como le pasaría a Proserpina, cuando se
le acababan las vacaciones provechosas que le había asignado Júpiter
para estar en el soleado país de su madre (Ceres, diosa de la
agricultura), para volver a calentarse en las sombras del inframundo
al abrigo de su cascarrabias de marido (Plutón, divinidad justiciera
de los muertos, de los tesoros y de los minerales raros, que ahora
tiene bastantes devotos por estos rincones serragatinos). No hemos
podido atar algunos cabos sueltos vinculados con la limitada
repercusión de las meritorias publicaciones del CEM, evocadas hace
algunas semanas (v. xxvi
y xxvii).
A decir verdad, lo que más repercusión tiene suelen ser los
estudios locales, por aquello del espíritu de campanario, que,
obviamente, despierta un interés generalmente limitado al horizonte
de los lugareños. Para el gran público de la aldea mundial, en
espera del azaroso remedio de la inteligencia artificial, el recurso
más socorrido contra la ignorancia en el mundillo occidental suele
ser “la enciclopedia libre” de Wikipedia,
por cuyas horcas caudinas (americanizadas) pasamos hasta quienes
necesitamos agacharnos con muletas.
La necesidad de la consulta
sobre datos que antes andaban dispersos o solo eran accesibles en
bibliotecas relativamente bien servidas, me ha llevado a preguntarme
sobre la fiabilidad del contenido en dicha enciclopedia, sobre lo
cual colegas más avezados me habían prevenido. En mi confiada
inocencia, daba por hecho que siendo sus redactores “voluntarios”,
estarían enterados de lo que vendían, porque si ofrecen su ciencia
sin ánimo de lucro (por amor del arte), no tienen excusa para
hacerlo mal por falta de conocimiento o por contar mentiras (“decir
lo contrario de lo que uno piensa con intención de engañar”), o
sea, sin ética ni estética. Por supuesto, otra cosa sería que lo
hicieran por obligación, forzados por la necesidad o la redención
de penas injustas, y les pagaran mal o estuvieran mal comidos y
tratados. Pues bien, el ejemplo de Robleda me lleva a pensar que este
expediente permite salir un poco de la ignorancia total del referente
toponímico y quedarse en ayunas, o poco menos, cuando se trata de
comprobar la peculiaridad propiamente dicha histórico-cultural, que
después del cribado de generalidades, se queda prácticamente en
nada.
Para empezar, debemos recordar
que, desde hace más de un siglo, autores locales y extraños, entre
los cuales me cuento, se han interesado por el pasado relativamente
remoto y más reciente de Robleda, para cuya identidad remito a uno
de mis artículos en la Historia
de Ciudad Rodrigo,
publicada por el CEM (vol. III, 507-518: “La marginada trayectoria
del habla de El Rebollar”). Ninguno de aquellos estudiosos se
menciona explícitamente, aunque han tocado casi todos los palos de la
cultura local (historia, lengua, literatura, modos de vida, folclore,
vestimenta, arquitectura tradicional, etc.). Por mi parte, casi no
debería mostrar mi descontento, pues soy el único aludido
implícitamente en una de las referencias del apartado inicial, en
2011 calcado (con entrecomillado) de la web del ayuntamiento de
Robleda, copiosamente referenciada, cuando la asociación de
“Documentación y Estudio de El Rebollar”, que un servidor
presidía, organizaba jornadas culturales en los pueblos rebollanos.
Al parecer, a estos redactores se les olvidó poner mi nombre, así
como los matices que la cita establece en la referencia
histórico-cultural del topónimo en cuestión, y de paso en la nota
le asignaron el nº 2 (repetido), cuando debería llevar el nº 1
(Quien puede errar en lo más grave, puede errar en lo demás, de lo
cual no se privan los redactores). Allí nombran el Campo
de Robledo y El
Rebollar, que no
son dos “subcomarcas” yuxtapuestas, sino dos topónimos referidos
a entidades histórico-culturales, geográficas y administrativas, en
relación de compleja interferencia.
La entrada Robleda
tiene doce apartados (numerados por cuenta nuestra) de extensión
desigual, incluidas las sucintas alusiones (de inspiración
turística) sobre Patrimonio (nº 7), Espacio natural protegido de El
Rebollar y Los Agadones (nº 9), Referencias en notas (10º), nueve
en total, Bibliografía (11º, P. Madoz, único autor) y Enlaces
externos (12º), tres. El primero de estos apartados describe la
indicada referencia, que inscribe el lugar y su término en la
provincia de Salamanca, la comunidad autónoma de Castilla y León y
la comarca de Ciudad Rodrigo. La forma del topónimo presenta una
variación Robrea,
“asturleonesa”, poco usual hoy, cuya elucidación histórica
exigiría capítulo aparte. Algunos datos de este apartado (1º) se
toman del Instituto Nacional de Estadística (INE), así como los de
Geografía (2º), Demografía (4º), cuyo declive se ilustra con un
gráfico, y Administración y política (6º), con datos algo
obsoletos.
Algunas de estas facetas ya se
recogían en el Diccionario
geográfico-estadístico-histórico,
de Pascual Madoz (1849), de quien se cita la entrada correspondiente
al lugar. El apartado de Historia (3º) recuerda, con cierta
pertinencia lacónica, la repoblación efectuada por los reyes de
León y su asignación a la diócesis de Ciudad Rodrigo en el s. XII,
que recoge el segundo volumen de Historia
de Salamanca II
(1997). Sin embargo, la redacción refleja una pereza considerable
para los avatares de períodos anteriores a dicho diccionario, Baja
Edad Media, Edad Moderna, guerras napoleónicas en el siglo XIX, y no
digamos, las de tiempos posteriores. No habría venido mal echar un
vistazo a la Crónica
de J. Alonso Pascual, y ya de paso, haber tenido en cuenta nuestra
descripción de La
represión franquista en el sudoeste de Salamanca
(2016), cuyas consecuencias se recuerdan en el monolito dedicado a
las víctimas mortales, erigido a la entrada norte por la ASMJ
(2007), ignorado por completo. En su intrahistoria, se hace
abstracción de los trasiegos con carretas desde la Edad Media, la
emigración crónica, acentuada en la segunda mitad del s. XX,
después de exilios y éxodos de variada motivación. Muestra de
pereza es la reducción del Patrimonio a la existencia de la iglesia
(señalada por Madoz, y estudiada por E. Píriz, en 1974), o la
escasa acuidad filológica en la elección del blasón, perceptible
en el apartado de Símbolos, al dar preferencia a las piñas sobre
las bellotas, cuando salta a la vista la primigenia referencia al
roble
en el topónimo.
En el apartado de cultura,
además de las penurias que comprobarán los especialistas locales y
comarcales de la narrativa tradicional, el romancero, el cancionero,
el folclore musical, etc., se ofrece una torcida información sobre
la vitalidad del habla vernácula, manifiesta en la toponimia
robledana: “De hecho la localidad de Robleda es la única, en toda
la provincia de Salamanca, con los carteles de las calles bilingües,
en leonés y en castellano, y tiene señalizados los caminos en la
palra d’El
Rebollal, lo que
hace que, en cierto modo, la variedad local de la lengua leonesa
tenga un cierto grado de protección”. Dejado de lado el hecho de
que el bilingüismo debería matizarse (los rasgos más arraigados
son arcaísmos castellanos en “el leonés oriental”) no es verdad
(o no siempre) que las rutas del senderismo y los caminos en general
tengan etiquetas vernáculas. La mayoría de ellos no tienen
señalización de ningún tipo o está cubierta por la maleza, cuando
materialmente no están ubicados a desmano. Tampoco se aclara a qué
“cierto modo” y “cierto grado de protección” se trata. Todo
esto nos lleva a proponer un par de ejemplos sobre la odonimia y la
agronimia, de la cual ya hemos tratado en los cuadernos de PROHEMIO
(2012) y en la Revista
del CEM (2017), que
muestran el expolio que ha sufrido esta faceta del patrimonio
lingüístico de Robleda.