MUNDO ADELANTE, por José Luis Puerto
Hay siempre una utopía que cumplir. Hay que luchar siempre por un mundo mejor. Y Don Quijote, sin perder tiempo, muy de mañana (“la del alba sería”), sale a afrontar esa aventura del ser humano, de la que él no se desentiende: enfocar a la humanidad hacia la perspectiva del amor.
Y sale por los campos de Montiel, que es como decir por los campos del mundo, a encontrarse con unos cabreros, con las gentes más humildes, y pronunciar ese maravilloso y utópico discurso de la edad de oro (“eran en aquella santa edad todas las cosas comunes”…).
Ahora que, en abril, celebramos el día del libro, bueno es seguir recordando, seguir leyendo, nuestra obra más universal: ‘El Quijote’. Y hemos de recomendar vivamente que nuestros niños y niñas y adolescentes lo sigan leyendo en las escuelas e institutos, pues nuestro imaginario colectivo se nutre, en buena parte de lo que el Quijote contiene.
Recordamos ahora cómo Walter Benjamin, al hablar de los tipos de narración, distinguía entre el relato de la tejedora y el del marinero, pues ambos abordan el mundo desde distintas claves.
El de la tejedora sería aquel que, como hace la mujer que teje y teje, siempre en su lugar, sin moverse de él, da vueltas a la realidad de un mismo lugar, de un mismo ámbito y todo lo que en él ocurre. ‘La Regenta’, de Leopoldo Alas ‘Clarín’, sería un buen ejemplo de tal paradigma de relato.
Mientras que el del marinero es aquel relato de quien abandona el lugar, sale mundo adelante, por esos mundos, por todos los campos de Montiel existentes y, de regreso, al lugar, a la aldea, al ámbito del que había partido, nos narra cómo es el mundo, la inmensidad del mundo y todo lo que el ser humano se juega en él.
Aquí, el paradigma más universal del relato del marinero sería, sin lugar a dudas, ‘El Quijote’, como también lo es la ‘Odisea’.
‘El Quijote’ habla de lo que somos, de los arquetipos universales humanos del idealista y del pragmático; de la complicidad, fraternal y amistosa, que entre ambos termina estableciéndose; de cómo el pragmático termina ‘contaminándose’ de idealismo y el idealista de pragmatismo.
Y, si adoptamos la perspectiva cervantina amplia, de entender la condición humana desde un aspecto comprensivo (desde el lema humanista de nada de lo humano me es ajeno) y abarcador, desde ese trato adecuado con lo otro y con los otros, que es la piedad, sobre la que reflexionara de un modo tan hermoso María Zambrano, y no desde exclusiones y perspectivas cerradas, deshumanizadoras y bárbaras, algo habremos adelantado en esa labor quijotesca de luchar por un mundo mejor, más humano y más digno.
Y aquí nos viene a las mientes la figura de ese poeta y ensayista prodigioso que fuera Juan Larrea, quien, hasta los últimos días de su vida y pese a que la deriva de la historia de su tiempo, ay, pareciera quitarle la razón, defendió siempre la perspectiva la razón de amor como destino y como fin para la humanidad.
Como Don Quijote.
