HIPOCRESÍAS Y PARADOJAS, por José Luis Puerto
Aplaudimos al papa cuando habla de la dignidad humana, de que todos los seres humanos son sujetos de dignidad, como dijeron los humanistas del renacimiento y como también, respecto a los indios dijeron los eminentes teólogos de la Escuela de Salamanca…
Aplaudimos al papa y decimos que suscribimos todo lo que dijo, pero luego pactamos las exclusiones de los inmigrantes (los nacionales primero; esa falacia o patraña, como se quiera con la que se pactan gobiernos autonómicos) y de los humildes y de los sin techo, como si tal cosa.
Aplaudimos al papa, cuando afirma que son reprobables los usos de las prácticas religiosas como fachada o escaparate, como convención social (y aquí surge el enunciado evangélico de los sepulcros blanqueados)…, cuando luego se está perjudicando a parte de la población, la más precaria, con políticas solo al servicio de los poderosos. Y seguimos yendo a misa como si tal cosa.
Muchas serían las cosas que podrían decirse del paso por nuestro país de León XIV, que ha dejado mensajes progresistas en lo social y conservadores en lo doctrinal. Y que ha guardado también silencio frente a cuestiones palpitantes que se plantean hoy los ciudadanos y ciudadanas y la opinión pública más atenta a la problemática del ser humano en esta contemporaneidad tan convulsa que nos toca vivir y soportar.
Silencios sobre los conflictos bélicos que asolan nuestros días, sobre el genocidio palestino, sobre los abusos del clero con niños y adolescentes (una herida abierta), sobre la situación de las mujeres en la iglesia…
Todas estas cuestiones se están comentando estos días en tertulias televisivas y radiofónicas y en artículos de opinión de los periódicos.
El paso del papa por nuestro país, en general, ha sido beneficioso. Su atención a algunos problemas sociales de nuestros días, a los sectores frágiles (inmigrantes, pobres, personas víctimas de determinados conflictos), su apelación al bien común, a la concordia, al entendimiento, sus referencias a la cultura española (Escuela de Salamanca, Santa Teresa, Cervantes, Miguel de Unamuno), su presencia en la Sagrada Familia de Gaudí (un artista y místico al tiempo)… son aspectos que hay que valorar.
Pero, pese a la visita papal, seguimos con nuestras hipocresías y paradojas de siempre. Con ese lema, tan trágico y tan cínico, al tiempo que hipócrita, de buenas palabras y malos hechos. Con esos acosos y derribos que marcan nuestra vida pública de los últimos tiempos y de hoy mismo.
Y entonces ¿qué más da que aplaudamos siete o setenta minutos unas palabras que tratan de establecer una cierta sensatez civilizada en pro del bien común, si no nos bajamos del burro, si seguimos, como acostumbramos, en las andadas del ruido y la furia?
