VINIERON Y LO HICIERON, por José Luis Sánchez-Tosal Pérez
Fue la tarde del sábado, cuando Cuba de la mano de su música, y bajo la dirección de Dismer, entró entre nosotros a través de su música, no como algo nuevo, sino como aquello que siempre ha estado en cada uno de mi generación, diría yo que desde que empezamos a vivir.
Yo que una vez en Madrid estando en una discoteca y siendo muy joven, bailaba con una mujer madurita la canción Dos gardenias, cuando de repente me espetó: “esto lo baile yo en el Pasapoga al compás de las maracas de Machín”, y me dejó descolocado, pues ciertamente era entonces madurita y más de lo que yo creía.
Después, unos años más tarde, en los comienzos de la democracia, nos visitó un hijo de un concejal, que era vinatero, de los que fueron asesinados en nuestra represión franquista del 36 procedente de Santiago de Cuba. Al cual yo acompañé por toda nuestra ciudad y pude ver sus lágrimas en dos ocasiones. Una cuando estuvo ante su casa, que hoy todavía está en la trasera del Hotel Puerta de Ciudad Rodrigo, y que entonces estaba tal cual la habían dejado para ir a Cuba el país de su madre. Y otra, cuando yo le señalé desde la muralla, dónde estaba la carretera de las Serradillas, en la cual desapareció para siempre su padre.
Ahora soy yo, quien tiene una cantidad de recuerdos tan lejanos como nutridos, de la constante relación con esa nación, que siempre ha sido para casi todos los españoles “nuestra Cuba”. La cual fue nada menos que punta de lanza contra el capital, creando esperanza y sueños en el mundo, -y que llegó a ser la máxima exportadora de médicos al mundo subdesarrollado, y hoy en ella no hay ni medicinas- tantos y tan grandes como hoy es signo de impotencia y miseria, que fustiga a todos los cubanos menos a los clanes gobernantes comunistas, principalmente a los Castro.
Y que ello trae de la mano la desesperación máxima que aflora con el hambre cuando esta se hace presente, hasta el punto de que algunas de sus gentes no le importe e incluso la deseen una invasión de Estados Unidos, si con ello se liberaran en parte de la insufrible situación.
Hemos llegado allí pues al colmo de lo impensable ver en Trump un salvador y liberador de los cubanos de las manos de los herederos de Castro.
Nada de esto podía imaginarme aquella noche lejana en Madrid en la que yo bailaba con tanta esperanza con alegría su música, ni ahora verla en brazos de quien la está ayudando a ir a parar a su miseria con su bloqueo.
Todo esto, y mucho más pensaba, mientras el coro con su música, me hacía seguir sintiendo y queriendo a Cuba, al tiempo que deseándole el fin de su tiranía.
¡Qué pena!, una tierra y un pueblo con una música tan bella que tanto invita a vivir, pero que como dice el conocido chascarrillo, verás como ahora viene alguien y lo jode, pues vinieron y lo hicieron, a ellos, los cubanos en sus carnes, y a la ilusión del muchos en el mundo.
Aún me queda la esperanza, aunque no sé cómo ni cuándo, de que un pueblo capaz de crear esa alegre música tenga también la capacidad de crear su salvación ante sus posibles próximos amos, los tecnofeudalistas americanos.
