ÁNGELA SERNA: VIVIR EN CARNE PROPIA EL DESAMPARO, por José Luis Puerto - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo
ÁNGELA SERNA: VIVIR EN CARNE PROPIA EL DESAMPARO, por José Luis Puerto Podríamos
aplicar a Ángela Serna, poeta vitoriana de origen salmantino,
creadora y docente en la Universidad del País Vasco, aquel dictum
que Federico García Lorca dedicara a Juan Guerrero Ruiz: “cónsul
general de la poesía”. Pues, aparte de su propia creación
poética, es una verdadera activista de la poesía, organizando, en
su Vitoria residencial y segunda ‘matria’, ciclos y lecturas de
poesía cada curso, que mantienen viva esa llama del decir poético,
diríamos que de la espiritualidad a través de la palabra, mes tras
mes, y siempre con un público entregado y atento.
Vamos
ahora a adentrarnos a través de las sendas que nos traza su último
poemario, ‘Ese lugar llamado Nunca’, editado por ese ya veterano
y mítico sello editor zaragozano de Olifante. Ediciones de Poesía
(Zaragoza, 2025), que crearan, en su momento, el llorado poeta
aragonés Ángel Guinda y Trinidad Ruiz Marcellán, que lo sigue
sosteniendo.
Ya
en el título advertimos los dos ejes –clásicos y contemporáneos
a un tiempo, universales siempre– de que se sirve la autora para su
poetizar: espacio (lugar) y tiempo (nunca). Un lugar en ningún
tiempo, en todos los tiempos.
La
de Ángela Serna es una palabra sobria, misteriosa, enigmática,
limpia… que se inscribe en lo que podríamos llamar las estéticas
de la esencialidad. Su levedad acaricia y, al tiempo, trata de
acercarnos al territorio de la confianza. “(Balbuceos)” subtitula
la autora a una de las secciones del libro.
Estamos
ante un decir poético vinculado siempre con el propio existir. Y su
inspiración parte de los territorios de la vida: el dolor, la
herida, la memoria, el silencio, los abrazos, el cuerpo (garganta,
boca…), el desamparo, la muerte…
Es
una poética existencial la suya. Somos –y reiteramos el concepto
indicado– seres desamparados, seres a la intemperie (“vivo a la
intemperie”, “A la intemperie / esperándote”; “el miedo a la
orfandad”…).
Pero,
desde esa nuestra condición de seres a la intemperie (recordemos
cómo se trata de una de las señales del ser humano en la
contemporaneidad, ya enunciada genialmente en ‘Esperando a Godot’,
de Samuel Beckett), Ángela Serna busca agarraderos en los que
encontrar lo que podríamos llamar territorios de refugio: el tú, el
otro; el ser mujer, la condición femenina; y esas cartografías
culturales –diseminadas a lo largo de todo el libro– que
sostienen nuestro sentido, que nos ayudan a seguir siendo humanos
(humanos, demasiado humanos, como proclamara Nietzsche).
El
tú es, en ocasiones, desdoblamiento del yo, pero es también el
otro. Y aquí surge la imagen de la casa, importante en el libro,
como reza la sección titulada “Dónde la casa” y en cuyo
paréntesis, en el que la poeta nos regala una imagen advertimos un
hermoso sentido: “A quienes, en algún momento, han sido mi casa”.
El otro como casa, como hospitalidad.
La
memoria, el origen (al que se anhela regresar: “No sé / cómo
regresar / a ese lugar llamado Nunca”), la infancia (“te aferras
a la infancia”, “a lomos de la infancia”) están muy presentes;
como también el tiempo cíclico, estacional (“Cronos trabaja los
días”) en el que nuestro existir transcurre. Y, en este sentido,
es como si el poema fuera una suerte de ‘Rosebud’, de talismán
mágico (como ocurre en ‘Ciudadano Kane’, de Welles), que tuviera
el poder de devolvernos al origen, a la niñez, a la raíz de la que
procedemos.
La
presencia de unas cartografías culturales, para dotarnos de sentido,
como herramientas para comprender lo que somos, están muy presentes
en ‘Ese lugar llamado Nunca’. Son clásicas y contemporáneas a
un tiempo, van desde Lao-Tse hasta Robert Walser, desde César
Vallejo o el Capitán Trueno al mito femenino de Penélope, o también
los clásicos de Leteo, Proteo, Sísifo, o el cristiano de Lázaro…
Entre otros muchos hitos que configuran este mapa para no perderse,
que el lector encontrará a lo largo y ancho del libro.
Una
poética, también y sobre todo, del amor. Pese a una declaración
explícita (“Eros / desertó de ti”), las señales del amor se
diseminan por los distintos poemas. Y también una poética de la
búsqueda de la identidad (“¿Quién
soy?,
pregunta la niña / perdida en el tiempo.”).
Existimos
perdidos en el tiempo, a la intemperie, en el desamparo. Pero
contamos con una protección: la poesía como casa (en ese sentido en
el que ya reflexionara Martin Heidegger), la palabra como casa, el
cuerpo como casa, el ser como casa; pese a que existamos “entre
aquel temblor y este temblor” y siempre en ese continuo “tensar y
destensar”.