RENUEVOS DE PRIMAVERA, por José Luis Puerto
El ‘dictum’ machadiano se cumple un año más: “La primavera ha venido, / nadie sabe cómo ha sido.” Los árboles florecen, surgen las violetas y los hermosos narcisos amarillos (‘campaninas’), trinan los mirlos por las arboledas, todos los pájaros buscan, en sus nidos, renovar la melodía de sus especies volanderas.
Hay un dicho popular sobre el anidar y criar los pájaros, con muchas variantes. En el sur salmantino y serrano, se dice: “En febrero, / nido primero; / en marzo, / más de cuatro; / en abril, / más de mil;/ y, en mayo, / más que en ‘to’ el año.”
Mientras que, en tierras leonesas, uno de los dichos indica: “Marzo, / nialarzo; / abril, / güeveril; / mayo, / pajarayo; / por San Juan, / a volar; / por San Pedro,/ echarán el vuelo.” Un dicho, hermoso y creativo, con no pocas variantes.
En primavera, como época de todos los renuevos, la vida resurge; el mundo vegetal convierte la tierra y los paisajes en un jardín, en un verdadero paraíso, que tenemos ahí, a mano, si supiéramos verlo y disfrutar de él. Pero vivimos de espaldas al rumor del mundo, de los ciclos de la naturaleza, de la melodía de las estaciones. Y nos perdemos una de las dichas más hermosas de que puede disfrutar la especie humana.
Y llegan también los renuevos de la palabra, de la palabra poética, con las voces jóvenes que recrean, a través de un lenguaje muy fresco, al tiempo igual y distinto al heredado, esos universales de que trata siempre la poesía.
Antonio Machado los llamaba “universales del sentimiento”, como el amor, el paso del tiempo, la vida, la muerte, la fraternidad, el misterio de todo lo creado, la belleza, como potestad al alcance del ser humano… No es extraño que el 21 de marzo haya sido declarado día universal de la poesía.
Porque, como intuyera Octavio Paz, entre otros, la poesía es la pervivencia, en la especie humana, de los antiguos lenguajes sagrados. Mientras existamos, como seres de conciencia y sensibilidad, y con nuestra capacidad de lenguaje (uno de los dones que nos han sido dados), la poesía será siempre esa llama de sacralidad que nos orientará en nuestra andadura por el tiempo y por el mundo.
Orfeo descendió a los infiernos, guiado por su rama dorada, para rescatar a su amada Eurídice. Su canto aún se sigue percibiendo en la poesía verdadera creada en todo el mundo. Porque la poesía tiene una innegable raíz órfica.
Uno de los renuevos poéticos con los que convivo estos días lleva por título ‘Inventa el verde el niño en la reineta’. Es un cuaderno poético creado por el joven poeta Daniel González Varela, de origen leonés y formación vallisoletana. Editado, en el otoño de 2025, de modo muy hermoso, en Salobreña (Granada), por el conocido poeta Antonio Carvajal y al cuidado de Dionisio Pérez Venegas, en la colección de “Syl-laba / pliegos de Poesía”, a modo de desplegable, con la mayúscula capitular en rojo en el inicio de cada poema.
Todo –edición y poemas– con un gusto exquisito. Daniel González Varela domina perfectamente los recursos expresivos, recibidos en su formación universitaria, y, a través de su uso, nos va mostrando un mundo que oscila, a través de vivencias propias, entre lo universal y lo local.
Nos
encontramos con un canto al ángel, a partir de Rilke; al ánfora
rota (también tema rilkeano); al ‘pueblín’ leonés de
Piedrasecha; a un tema del italiano Cesare Pavese; a partir de un
manual de alfarería; a la ascensión atómica del yo…, como
ejemplos de un poetizar, contenido y clásico, al tiempo que muy
contemporáneo, en el que las referencias literarias y culturales
sirven al poeta como cañamazo para tejer su decir, un decir que
busca la belleza en la vida y en la cultura, y nos la entrega a todos
“con cuidado de nunca profanarla”.
