DE DISTOPÍAS Y GENOCIDIOS, por José Luis Puerto
Nunca creímos que nos tocaría vivir una realidad tan sombría como la que en la actualidad nos está tocando vivir, dominado el mundo por los señores de la guerra y del dinero, que amenazan con convertir en un polvorín la tierra y con destruir monumentos, ciudades, culturas, civilizaciones y masacrar seres humanos como si fueran moscas.
En la tragedia griega –‘Antígona’ de Sófocles es un buen ejemplo de ello– el sentimiento de la piedad (sobre el que ahondara genialmente nuestra María Zambrano) es esencial para sostener no solo al ser humano, sino a las comunidades en las que existe.
Necesitamos el trato adecuado, respetuoso, tolerante y pacífico con lo otro y con los otros, sean individuos, comunidades o civilizaciones. Todo lo que el ser humano, en comunidad, ha ido realizando a lo largo de la historia, en una labor intrahistórica (aquí, Unamuno) de siglos y de milenios, merece todo el respeto.
No es tolerable que un bárbaro diga que va a destruir toda una civilización milenaria de un plumazo, de un bombazo, cuando hace meses, como los niños encaprichados con un caramelo, estuviera atado con la obsesión posesiva del Premio Nobel de la Paz. Nada menos.
El poeta mexicano Jaime Torres Bodet es autor de un hermoso y humanista y humanizado poema, titulado precisamente “Civilización”. Habla en él de cómo, al sufrir un atentado violento el ser humano o cualquier comunidad humana, algo importante muere en nosotros.
La historia nos juzgará de modo muy severo, pues, ante el genocidio primero de Gaza y ahora del Líbano, no estamos haciendo nada, no los estamos deteniendo, nos estamos poniendo de perfil, como si no nos atañera, como si no fuera con nosotros.
Cada vez que se mata a un ser humano –seguimos con Jaime Torres Bodet– se está matando nuestra humanidad, ese pequeño segmento de humanidad que somos y del que formamos parte, como una suerte de cuerpo místico paulino.
Porque el ser humano, cada ser humano, es una partícula de la sacralidad del mundo. De ahí que estos genocidios a los que estamos asistiendo constituyan un gravísimo descenso hacia la inhumanidad, hacia la barbarie, hacia todos los callejones sin salida a los que vamos.
Estamos viviendo y trazando una sucesión de círculos de ese embudo infernal dantesco, por el que nos estamos deslizando hacia esa barbarie tenebrosa que no están siendo capaces de detener, ay, tantos siglos de civilización.
Distopía y barbarie. Distopía y genocidio. Dominio despiadado y ciego de los señores de la guerra, que se ha de detener, que hemos de ser capaces de detener…
Desde un valiente “digamos no”, desde una perspectiva de paz y de fraternidad entre todos. Porque hemos de conseguir que la vida vuelva a ser lo que merece: bella, buena y sagrada (como Federico García Lorca proclamara en “Grito hacia Roma”.)
