SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVIII): EL LÍDER DEL PSOE A QUIEN LE SOBRABA LA LETRA O DE LA SIGLA Y SU HOMÓLOGO DERECHISTA EL SIONISTA, por Ángel Iglesias Ovejero - Ateneo Virtual Mirobrigense – Ciudad Rodrigo
SIN ÉTICA NI ESTÉTICA (XXVIII): EL LÍDER DEL PSOE A QUIEN LE SOBRABA LA LETRA O DE LA SIGLA Y SU HOMÓLOGO DERECHISTA EL SIONISTA, por Ángel Iglesias Ovejero
Últimamente, en los enredos
judiciales de los responsables políticos españoles a nivel estatal
o regional aparecen algunos carcamales de la “modélica” Joven
Democracia. Dichos lodos actuales vienen, en parte, de aquellos
polvos que surgieron a la muerte del Pequeño Gran Hombre (para sus
admiradores), cuya vida resultaba eterna y, sin embargo, sus
funerales ya empiezan a recordarse antes de que se cumpla el medio
centenario (20/11/2025). Según la edad que tengas, querido lector,
te parecerá mucho o poco tiempo, porque este referente es muy
escurridizo y volátil. A quienes no son fervientes adoradores de la
imagen pública de aquellos personajes históricos quizá les
sorprenda el hecho mismo de verlos en efigie, sea porque los creían
ya desaparecidos o muertos (y, mediáticamente, se los venden por
vivientes) o porque dudan de su misma consistencia carnal, como esos
fantasmas animados que fabrica la inteligencia artificial y,
generalmente sonríen, como ángeles algo alelados o diablillos
traviesos, a la manera de los fantasmas en los sueños, que, por su
incongruencia, en el recuerdo también provocan risa. Lógicamente,
aquí no se trata de elucidar el alambicado concepto del hombre como
ser risible (capaz de reír, según los antiguos) o riente (objeto de
estudio, según los modernos), porque, para empezar, habría que
aclarar si encaja en la condición humana la posibilidad rutinaria de
permanecer impasibles ante el dolor y la muerte de otros seres
humanos en guerras más desastrosas que nunca. Algunos grandes jefes
(y sus seguidores) resuelven el problema decretando que existen seres
humanos que son superiores a otros, por naturaleza. Esto se llama
racismo. Nosotros, ahora, solo tratamos de un par de líderes
españoles, o sea, de dos jefecillos a escala mundial, que, en
nuestra perspectiva lúdica, podrían asociarse con las figuras
cambiantes del filósofo triste y el alegre, aunque ninguno de ellos
destaca por su entusiasmo democrático. Existen diferencias, porque
uno es (o era) “algo de izquierdas”, y el otro “muy de
derechas”, pero convergen en criticar al presidente del Gobierno.
Personalmente, lo que más me
intriga en los aludidos personajes españoles es la sonrisa perdida
en uno de ellos (“Parece que se lo deben y no se lo pagan”) y la
escurridiza mueca del otro, cayendo visiblemente de la córvida
nariz, a la que antaño prestaba cierto misterio el enmarañado
bigote. El primero de ellos, hace ya medio siglo o más, se buscó un
alias erudito (Isidoro,
como el obispo hispalense
autor de las
famosas Etimologías,
en el s. vii),
con el cual se dio a conocer entre los líderes históricos del PSOE,
unos exiliados y otros clandestinos (“en el exilio interior”), a
los cuales se fue imponiendo por su labia y comedido gracejo. Un
amigo escocés, también sevillano y de ascendencia escocesa
(Gilberto Pitcairn Estrada, q.e.p.d.), sin ánimo de ofenderle,
comparaba sus morritos con los de los simpáticos cerditos de la
fábula. No había destacado, precisamente, por su marcada empatía
por el movimiento obrerista, tanto que alguien le cargaría el
sambenito de que “le sobraba la O
(de obrero)
en la sigla”. Quizá fuera una mera opinión colectiva, a la cual
aquí le damos formulación, a falta de autoría reconocida. En aquel
contexto, desaparecido el Lobo feroz, pero con el miedo de que
volviera otro tan malo o peor que el anterior (como estuvo a punto de
suceder con el golpe frustrado del 23 de febrero de 1981), sabiamente
administrado, aquel tibio socialismo le dio para gobernar 14 años.
En efecto, el felipismo
reinante consolidó la praxis del olvido de los crímenes
franquistas, como remedio para asentar la Monarquía, prevista en las
leyes de la Dictadura. Se basa en “el miedo guerracivilista”,
tantas veces invocado. El mismo personaje lo ha reconocido, aclarando
que el general M. Gutiérrez Mellado (quien en el aludido alarde de
Tejero adquirió fama de héroe, y en 1936 había apoyado la rebelión
militar y participado después en la represión franquista) le había
pedido que: “Cuando fuera presidente del gobierno, esperase a que
la gente de su generación hubiera muerto para abrir el debate sobre
lo que supuso la guerra civil y sus consecuencias, porque debajo del
rescoldo, sigue habiendo fuego” (J. L. Cebrián, El
futuro no es lo que era,
cita según L. S. Fernández Contreras, Público
01/02/2020). Cumplió el encargo a rajatabla. El resultado de este
legado es que las víctimas republicanas de antaño y sus familiares
fueron sacrificados, perdedores por segunda vez de la sublevación
militar, la guerra y sus “daños colaterales”. Y si la mayoría
de ellos no fueron totalmente olvidados ante la Historia
definitivamente, ello se debe al movimiento memorialista, al filo del
s. xxi.
Pero la “generación de los nietos”, en general, no ha podido
transmitir los testimonios directos, que no fueron recogidos a
tiempo. A pesar de ello los denostados presidentes J. L. Rodríguez
Zapatero y P. Sánchez Pérez-Castejón, cuyos gobiernos respectivos
proclamaron la Ley de Memoria Histórica (2007) y la Ley de Memoria
Democrática, han sido mucho más coherentes que su antecesor
socialista. Este es el motivo por el cual son odiados de los
herederos del franquismo (e incluso de algunos trasnochados
felipistas), quienes tienen la osadía de tratar al actual presidente
de dictador y traidor (¡a las esencias de la Patria!).
Tampoco andaba muy sobrado de
espíritu democrático el felipismo y no digamos el aznarismo, que
vino después y sigue siendo ahora uno de los refuerzos invocados en
los incordios fascistoides contra el citado presidente. Al parecer,
no le hacía asco a los método empleados por los terroristas que
pretendía combatir, como quedó demostrado con los miembros del GAL,
que actuaron en “la guerra sucia” contra la ETA entre los años
de 1983 y 1987. Además de practicar el terrorismo de Estado, eran
unos chapuceros, que confundían los objetivos de sus actividades.
Así lo acabé de descubrir al participar en un tribunal de tesis
doctoral en la Universidad Autónoma de Barcelona (en 2009). La
presentaba en francés L. Thouverez, con un título en francés, que,
traducido al español, decía más o menos: Análisis
crítico del discurso sobre el Grupo Antiterrorista de Liberación en
la prensa francesa y española (1983-1986).
Me pareció un trabajo bien hecho, aunque en el informe
correspondiente señalé que, en la aplicación del concepto mismo
del terror, con
sangre de por medio, en ningún caso debía tener justificación
posible por muy excelso que fuera el objetivo (“Dios”, “Patria”
o “Rey”), aunque hubiera que matizar el alcance mismo de “la
violencia”, a veces necesaria, porque, en último término: “No
es lo mismo un tirón de orejas que un tiro en la nuca”. En la
discusión que siguió en el tribunal académico (compuesto en total
por seis universitarios, entre vascos catalanes y tres hispanistas
franceses), alguien creyó oportuno recordarme una frase que yo
ignoraba y los otros conocían, porque, en los años ochenta el
entonces presidente del Gobierno lo repetía a menudo: “No importa
si el gato es blanco o negro, lo que importa es que cace ratones”.
Por lo visto, era un proverbio chino que dicho personaje aprendió en
1985 de Deng Xiao Ping (líder aperturista de China), con el cual
este se refería a las reformas económicas, pero el gobernante
español también lo extendía a los métodos represivos emparentados
con el “terror de estado”.
La singular manera que tenía
de entender la democracia el reputado estadista, presumible heredero
ideológico de Pablo Iglesias Posse, se refleja en su actitud
comprensiva con el genocidio de la población palestina, por el
exterminador Netanyahu, que justifica con el inicial terrorismo de
Hamás. Está claro que nunca entendió que una democracia no puede
emplear procedimientos terroristas sin dejar de serlo. Quizá no se
sepa nunca hasta donde habría llegado su convergencia con su
homólogo derechista, con quien, además de la justificación del
sionismo, comparte la inquina contra el presidente actual del
Gobierno, por su tolerancia con los independentistas, como si esto
fuera un delito contra los dogmas de fe españolista.
El aludido homólogo
derechista no se cita aquí por su nombre civil, para no darle fama a
él y pábulo a su infame propaganda ideológica, cuando en la
actualidad se refiere, elíptica y cobardemente, a “lo que está
haciendo Israel” (o sea, un genocidio), y considera que así se
está salvando “la cultura occidental” (lo que, implícitamente
nos retrotrae a la llamada “Cruzada española”). Los campesinos
de estos aledaños mirobrigenses, a principios de siglo, le dieron el
sobrenombre del Mamporrero,
motivado por la analogía entre el papel del ayudante de garañón
cuando este cubre las yeguas y el que a dicho dirigente español le
asignaron G. W. Bush y T. Blair en la guerra de Iraq contra Sadam
Hussein, acusado de estar en posesión de armas de destrucción
masiva (2003), lo cual era falso. De aquella manipulación dimana el
terrorismo islámico actual, que entre otros atentados, cuenta en su
haber macabro el de Atocha (11 de marzo de 2004), que causó 193
víctimas mortales. Corren leyendas sobre el premio que recibió por
su participación en el conflicto de Irak o en contiendas
comerciales, en las cuales el jefe angloamericano le habría
permitido al españolito fumarse un puro, con los pies encima de la
mesa. El atentado de Atocha, reconocido por Al Qaeda (organización
terrorista, yihadista), le costó las elecciones, que el populista
daba por ganadas, por no haberlo adivinado y por empeñarse en
atribuirlo al terrorismo etarra. No se sabe si de estas descaradas
mentiras le viene el desarrollo de la pinochesca nariz, que el
rasurado bigote ha revelado, dándole un eco cavernoso a su voz y el
susodicho perfil córvido al sonreír, como si, involuntariamente,
imitara al Charlot del cine mudo.
Comparado con estos desastres,
el gobierno del actual Presidente resulta casi ejemplar, tanto por su
aspiración pacificadora interior y su compromiso humanitario
exterior, como por sus aciertos socio-económicos. Lógicamente, está
muy lejos de la perfección, pero en su descargo cabe decir que: “Con
esta clase de amigos, no necesita enemigos”.